Voluntarismo
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Por: Alfonso Aguil�
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Fuente: http://www.fluvium.com
������� El voluntarismo es un error en la educaci�n de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad �entre las muchas posibles� de la voluntad.
������� Una enfermedad, adem�s, que a todos nos afecta en alguna faceta o en alg�n momento de nuestra vida. Porque, al pensar en el voluntarismo, quiz� imaginamos una persona tensa y agarrotada, y ciertamente las hay, y no pocas, pero eso no quita que el voluntarismo es algo que, de una manera o de otra, en unas circunstancia u otras, nos concierne a todos.
������� El voluntarismo lleva a querer resolver las cosas confiando demasiado en el esfuerzo de la voluntad, apretando el paso, crispando los pu�os, con un fondo de orgullo m�s o menos velado, ofuscado por una b�squeda de autosatisfacci�n de haber hecho las cosas por uno mismo, sin contar demasiado con los dem�s.
������� El voluntarismo perturba la lucidez, entre otras cosas porque lleva a escuchar poco, a ser poco receptivo. Lleva a aferrarse en exceso a la propia visi�n de las cosas. A pensar que las cosas son como las ve uno mismo, sin darnos cuenta de hasta qu� punto los dem�s nos aportan siempre otra perspectiva de las cosas y enriquecen con ello nuestra propia vida.
������� El voluntarismo estropea tambi�n la espontaneidad, la llaneza, la sencillez. Lleva a querer resolver los problemas interiores tambi�n s�lo por uno mismo. Al voluntarista le cuesta abrir su coraz�n a otros. Espera ser �l quien, con su tes�n y su empe�o, salga de esa zanja en la que quiz� se ha metido. Lo triste es que a veces no se da cuenta de que ha cavado ya mucho, y que no puede salir de esa zanja s�lo por sus propias fuerzas, o que, al menos, es rid�culo empe�arse en no pedir ayuda.
������� El voluntarista suele ser r�gido, por inseguro. Tiende apoyarse demasiado en normas y criterios que respalden su inseguridad, aplic�ndolos de modo poco equilibrado. La autoridad y la obediencia habituales en las relaciones profesionales, la familia, etc., suele plantearlas de modo intransigente y poco flexible, poco inteligente.
������� El voluntarista lleva bastante mal sus propios fracasos. Tras ellos, suele retomar su abnegada lucha habitual, pero tambi�n a veces se cansa. Es entonces cuando m�s se manifiesta la peligrosa fragilidad de la motivaci�n voluntarista. Es f�cil que esa persona se hunda, y caiga quiz� en una apat�a grande, o se refugie en un victimismo o una rebeld�a in�tiles, o incluso salga por otros registros inesperados y llegue a extremos que sorprenden mucho a quienes no le conoc�an de verdad.
������� El voluntarista se propone a veces metas poco realistas, en su deseo de sobresalir y llegar a m�s de lo que puede abarcar. Es propicio a los sentimientos de inferioridad, fruto de compararse constantemente con los dem�s, en un desorbitado af�n de destacar frente a otros mejor dotados, lo que genera una continua referencia de frustraci�n.
������� El voluntarismo, adem�s de un error en la educaci�n de la voluntad, es tambi�n un error en la educaci�n de los sentimientos. Podr�a decirse que el voluntarista es, curiosamente, bastante sentimental. Es una persona cuya principal motivaci�n afectiva es el sentido del deber. Una persona que tiende demasiado a echar mano de la satisfacci�n o el alivio que le produce cumplir lo que entiende como su deber, con un rigorismo no bien integrado en una afectividad equilibrada.
������ La abnegaci�n y el af�n por cumplir con el propio deber no son nada malo, evidentemente. Y las personas voluntaristas suelen ser admirables en su abnegaci�n, en su saber sobreponerse a sus gustos, y todo eso son elementos fundamentales para llevar de modo inteligente las riendas de la propia vida. Pero a esas personas les falta, y la cuesti�n es esencial, aprender a modular sus gustos, educar sus gustos, formar sus gustos. El sentido del deber es algo muy necesario. Pero una buena educaci�n afectiva ha de buscar en lo posible una s�ntesis entre la abnegaci�n �pues siempre hay cosas que cuestan� y el gusto: lo que tengo que hacer, no simplemente lo hago a disgusto, porque debo hacerlo, sino que procuro hacerlo a gusto, porque entiendo que me mejora y me satisfar� m�s, aunque me cueste.
������� Por eso el gran logro de la educaci�n afectiva es conseguir �en lo posible, insisto� unir el querer y el deber. As�, adem�s, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, pues la felicidad no est� en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno ha de hacer.
������� As�, la vida no ser� un seguir adelante a base de fuerza de voluntad. Nos sentiremos ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud.