VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS
Por: Manuel Lozano Garrido (LOLO)
“¡Mira que dárselo ahora, cuando todo su cuerpo es como una leve marioneta después de la función...!”
“¡Oh, no! Que me lo den, ya lo creo. ¿No ves que así es y seguirá siendo siempre mi Hijo, el dulce fruto de mis entrañas?”
Jesús, tan hombre, y tan niño después del final, con sus grandes y sangrientos pañales, dejándose fatalmente hacer, como en la cuna. De aquí a entonces ha tenido un arco iris al que hace unas horas le han clavado una cerbatana. El viejo niño, que en el taller hacía barquitos que arrojar en el río o se manchaba sus labios como fresas con las blancas gotas de los higos verdiales, está aquí ahora con la mano como una vela de barco arriada y unos hilillos rojos, manando por entre las comisuras de los labios.
“¡Está muerto, está muerto!” – gritan los duros hombres que huyen cerro abajo. Ella hasta ahora no ha hecho más que mirarles en silencio, dulcemente, respetando ese sueño cansado, como en tantas horas de fatiga.
“Duerme, duerme. ¡Cuidado que le despertéis!”.
El duerme con los ojos cerrados, se le desmadeja la cara, tampoco respira, no oímos los latidos. Su dedo índice va entonces y toca suavemente uno de los párpados y se lo abre. En la niña de sus ojos las estrellas se abrigan como en las noches de invierno. Luego, Ella palpa su boca sin pájaros en este crepúsculo de la tarde. También la mejilla, tensa, como una planicie sin gorjeos.
“Duerme, duerme; salvo que hoy la tarea lo ha rendido más que nunca”.
Tú sabes que no, María; que, así porque sí, no deja un verdugo de quebrar las piernas, forzando la agonía de un condenado. Cuando él lo hizo, bien muerto habría de estar.
“De verdad que duerme. ¡Si hasta os digo que sueña! Fijaos en la serenidad de su frente y en toda la dulce paz que se le remansa por el cuerpo. Es que por dentro hay imágenes de esperanza y latidos cordiales. Os lo digo. Yo y eso bastaría, que soy Madre; y una madre ve como si tuviera microscopio en las pupilas y oyera también dentro de los hombres lo mismo que si tuviese micrófonos escondidos. Yo le cuidaré bien, porque es muy justo después de tanto trajín”.
El sigue sobre su regazo. ¡Los sueños de Jesús!
¡Qué no diera yo por pasearme en las floridas praderas de su frente! ¡Qué dulce el hijo, qué amoroso y qué filial el mozo en la veneración para con Ella, que inasequible también en su naturaleza de Dios!
El costado, ahora, la gran puerta abierta, ese temblor que tiene María, no es más que el hormiguillo del pájaro en el dintel de la ventana que da un luminoso mediodía. Mañana o pasado amanecerá, pero el cristo muerto tiene en su eje los bellos estremecimientos del sol que va a saltarnos desde el otro lado de la raya del horizonte.
- “María: entonces, si tienes esperanza, ¿no debes sufrir?”
-“La esperanza viene precisamente de los grandes sufrimientos, como una dulce consecuencia. ¡Si seré Madre...! Pues así también de voluminosa es mi esperanza. ¿Cómo se habrá atormentado mi corazón viendo tan duras cosas en esta sangre mía y de mi Hijo para tener que extender la espera hasta más allá de la muerte? La esperanza es una fuente dentro de cada uno. La esperanza tiene razón siempre. Esto lo digo aquí, delante de mi Hijo acribillado, y se lo digo a la mujer que tiene que esperar a la puerta de un quirófano, a la que hace antesala para oír un informe luctuoso y a la que espera a la boca de una mina en la que se ha producido un derrumbamiento.
Como a ti, el padre que se ahoga cada mes verificando el sobre de la nómina y al que aguarda un expediente de crisis; lo que sufrís de algún modo, con heridas en el cuerpo o grandes tajos en el corazón, todos, mis dolorosos hijos, porque la herida de la existencia llega al conjunto de los mortales, venid aquí, miradme un rato y, ya después, volvéis a la rutina diaria con esta rosa encendida que saco del corazón de mi hijo y se llama esperanza. Vivís, gozáis, sufrís, lloráis, os citan unas lágrimas, pero, cimbreándose sobre todo está el perfume, la belleza, el gozo y la exaltación de esa flor que nunca perece porque es la rosa de la vida eterna