Mujer y transmisión de la vida
Por: Bosco Aguirre
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Colaborador de Mujer Nueva
2006-06-20
Los últimos 100 años de historia humana han implicado profundos cambios en la vida social de numerosos lugares del planeta. Uno de esos cambios consiste en el protagonismo que ha conquistado la mujer: protagonismo en el mundo del trabajo, en la política, en la familia. Especialmente, protagonismo en el ámbito de la transmisión de la vida.
La creciente autonomía de la mujer abre más espacios para que decida sobre sí misma y sobre su manera de relacionarse con los demás. Ello toca especialmente el tema de la transmisión de la vida, por un motivo sencillo y, hasta ahora, inmodificable: la mujer, hoy como hace miles de años, es la principal protagonista del cuidado y protección durante los 9 primeros meses de existencia de cada nuevo ser humano.
Pero en nombre de la autonomía, algunos han considerado y consideran la maternidad, especialmente en los meses de embarazo, más como un peso que como un privilegio. O, quizá, más como una decisión libre y “aislada” de la mujer que como parte de un proyecto en el que dos personas, hombre y mujer, se abren a la acogida de los nuevos hijos.
La difusión de técnicas anticonceptivas, la defensa del aborto como derecho y como opción individual de la mujer (con total exclusión del padre del hijo abortado), el uso de técnicas de reproducción artificial en las que las mujeres, casadas o no casadas, pueden iniciar embarazos a partir de donadores anónimos de semen... han sido posibles como resultado de una mentalidad que aísla la maternidad y la deja circunscrita en un ámbito solipsístico: algo que sólo decide la mujer, un asunto privado de ella, con ella, y para ella.
Esta nueva situación ha sido acompañada por el desarrollo de la ideología de género, que ve la opción sexual y los comportamientos ante la sexualidad como asuntos totalmente libres, desligados de modelos sociales “tradicionales” y de estructuras familiares “superadas”. El ser mujer, el ser hombre, o el ser “otras alternativas”, depende en definitiva de decisiones personales. El comportamiento con el que cada uno vive tales opciones queda desligado de cualquier cadena familiar (el divorcio garantiza la libertad a quienes todavía optan por el “matrimonio tradicional”), y de cualquier posible apertura a la paternidad y a la maternidad (“gracias” a la anticoncepción y al aborto).
Las consecuencias de estos planteamientos están a la luz del día. La fuerte disminución de la natalidad, el aumento de los divorcios, el alto porcentaje de hijos que viven sin una familia (normalmente con mujeres que se encuentran solas), el recurso excesivo a las técnicas de reproducción artificial (en algún país europeo las mujeres solas pueden recurrir a la inseminación artificial con la financiación del estado), el aborto como algo trivializado, el aumento de enfermedades de transmisión sexual... son datos que, a fuerza de ser repetidos una y otra vez, han dejado de ser alarmantes para convertirse en una rutina estadística.
Es posible, sin embargo, revertir aquellas dimensiones negativas de un mal entendido feminismo para recuperar valores profundamente femeninos que tienen un enorme alcance bioético. La transmisión de la vida no es un adorno que la mujer (o el hombre, que llega a ser padre desde la mujer que empieza a ser madre) se pone o se quita según las modas. Al contrario, es algo sumamente rico y hermoso, tan hermoso que en cierto modo llega a ser una de las más bellas realizaciones de la femineidad.
El embarazo y los primeros meses de la lactancia no son, por lo tanto, un accidente ni un periodo transitorio “soportable” a duras penas, sino una etapa fundamental para el desarrollo del hijo, en lo físico y, según algunos estudios, también en lo psicológico.
Tal desarrollo está especialmente encomendado a la mujer. Miles de millones de seres humanos existimos precisamente porque una mujer, nuestra madre, nos acogió y nos amó. A veces, hay que decirlo, con mucho sacrificio. Pero casi siempre, y esto es lo más hermoso de la vida, con muchísimo amor.
Hace falta, por lo tanto, un nuevo feminismo que devuelva a la mujer la alegría en su papel de protagonista en la transmisión de la vida. Protagonismo compartido, protagonismo en el que el padre y la madre tienen funciones distintas pero complementarias. Protagonismo que lleva a valorar más lo que significa la familia (la familia verdadera, a pesar de que se nos diga que existen “nuevas formas” de familia) como unión de afectos y como apertura a la vida.
Una de las urgencias mayores de la bioética consiste en promover una cultura de la acogida del otro. Más cuando ese otro es un embrión pequeño, un feto indefenso, un niño de pocos meses, un ser humano sano o enfermo, rico o pobre. La mujer tiene una especial vocación a esta acogida. Vivir para darse al hijo le permitirá una realización personal inigualable, tan hermosa que el esposo-padre deberá aprender de la esposa-madre que también él está llamado a vivir en actitud de acogida y de amor a ese “hijo-nuestro”. Ese será el mejor camino para humanizar el mundo, un camino que es posible desde lo más propio y específico del corazón femenino.