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Encrucijada para la sed y el hambre

Por: Manuel Lozano Garrido


Tiene  Cockempot  un título - Salmos  de la  sed -  que  es de por  s í toda  una  recesión biográfica de un estado  anímico. Y  en  Montherlan  hay  un  aullido”: ¡No hay más que una  preparación  para  la  muerte, y  e s  la  de  estar  ahítos! De alma, d e corazón, de espíritu ¡Y de carne!, que, aunque brutal y  abyecto, es también una manera  espontánea de manifestar las vivencias íntimas del ser.

 Entre el uno y  el otro, toda una gama multifacética colorea las diversas actitudes del hombre frente a la clara e inconclusa verdad de su existencia. Y todas ellas, pese a la antipática disparidad de sus secuencias, se podrían conjugar en la determinante  de estas dos palabras: sed y hambre. Porque, como un trasunto de lo fisiológico a lo espiritual, el empuje ardoroso de estas dos palabras - sed y hambre – viene jalonando el largo camino de la  humanidad  desde la  aventura del  Paraíso hasta el  babélico conglomerado actual del mundo. Eterna sed y eterna hambre constitutivas esencias del hombre impuestas por Dios y tan necesarias que Él mismo no dudó padecer en su sublime tránsito redentor.

 No son, de por  sí, sed  y  hambre metas  indeclinables de  un destino. Ni  está la vida  en  sortear  su  choque  y  su posesión. Pero sí, destino  y  vida  verdaderos  llegan inexorablemente cuando, pisando recio sobre  un camino luminoso, se anhelan  fuentes cristalinas  y en el corazón  hambrea la vitalidad de un convite perdurable.

 En  su  raíz  es  idéntico  el   punto de  partida  de  todas  las  almas, pero  en  su desarrollo, es la voluntad soberana la que, dueña de  estas esencias  naturales, marca  el ritmo que bifurca los distintos caminos. A veces lo hace atraído  por el  señuelo de  una fuerza alucinante; a veces también, esta fuerza es capaz  de  iniciar  el comienzo de una nueva edad; para el bien  por la humildad y el amor, o  para el diablo por la soberbia  y el odio. Pero siempre, la felicidad estará solamente en aclarar, al primer golpe de vista, donde está la Luz meridiana y saber emparejarse bajo su bandera.


 Saber elegir, o rectificar, cuando la  elección  fue  falsa, es  estar  en  camino  de salvación.


 Porque hemos recostado a la voluntad en un festín de pecados capitales, está  la paz  inaprensible y lejana. La paz es hoy el tizón de un deseo que requema las entrañas de la Humanidad; pero un tizón  que opera  insensible porque la  voluntad  hace tiempo que eligió y hoy sestea en la molicie de un fuego de codicia, de lujuria o de soberbia.

Ahora, precisamente cuando la Luz ha  llegado a hacerse meridianamente  cegadora, el hombre ha levantado el valladar de su soberbia para dormitar en una cantinela de  ¡paz, paz, paz! infecunda porque le falta la decisión íntima precisa para alcanzarla. El camino de la paz y su sentido es una verdad  que, a  fuer  de  autenticidad, es deliciosa y  tremendamente sencilla; la  única, auténtica  y  perdurable  paz, está  en  la efusión  entrañable con  Cristo, porque  a  lo que  a  la  fuerza  mínima  del  hombre  es inabarcable, lo allana la omnipotencia taumatúrgica de un Dios que se hizo carne  para hacernos asequible por la vía del amor el camino del Cielo.

 Los males del siglo radican esencialmente en un  egoísmo  concentrado y  en  el tremebundo distanciamiento de la Eucaristía. Para salvarse es preciso que la humanidad dé  marcha   atrás  en  su   elección  de  un  camino  ficticio. Hay  que  aclarar  los  ojos, vidriados por la soberbia, para fijarlos en ese rincón tan cercano- ¡y tan lejos,  Dios mío!- donde campea la Espiga Eterna de la Paz, Cristo Hostia, única meta capaz de saciar  por toda una eternidad la sed y el hambre del mundo. Lo dijo Él  con  su  verbo ”Yo  soy  el pan de la vida; y quien viene a mí no sentirá hambre y quien cree  en  mí  no  sentirá  sed  jamás”. Hay, pues, que rendir los corazones con la actitud y la súplica del poeta:  “Como ciervos  sedientos  que  van  hacia la fuente, vamos  hacia  tu  encuentro  sabiendo que vendrás”.
 
 Porque Cristo, y con Él la Paz, vendrá y se nos dará ineludiblemente. Está ya ahí  a  solo  un  paso de la  declinación  humilde  de nuestro  egoísmo, en  la  encrucijada  de nuestra sed  y  nuestra  hambre, salvando la  infinita distancia de un  Dios majestuoso  y justiciero  bajo los humildes ropajes  de un Dios escondido.

 Sí; estás  ya  ahí, Señor, con  la  paz  inédita, el gozo latente, la felicidad a punto, eternizando en la Eucaristía  ese  tu  gesto secular de amor crucificado  para  que  por tu “tomad   y   comed... . Tomad   y   bebed”  sea  posible  la  purificación  y  divinización  de nuestra pobre existencia angustiada.

 ¿Para  cuando, Jesús  nuestro, para cuando esa gotita  ínfima - primicias del gran retorno – de nuestro yo en el piélago sin límites de tu poderío?       

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