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Experimentación con embriones humanos


Santiago Fernández-Burillo
Doctor en Filosofía
Master en Bioética

http://www.aceb.org


La actual tecnología genética lleva a experimentar con embriones humanos, a los que las leyes ignoran (como en EEUU y Canadá) o desamparan (en Europa). Se sabe que la vida humana comienza en el instante de la fecundación. Toda vida es un proceso continuo, cada fase del proceso es un momento de la misma; luego o cada momento de la vida humana merece el mismo respeto, o no lo merece nunca en absoluto.


En la actualidad "algunos hombres, están convirtiéndose en creadores de vida, de individuos humanos vivos (fecundación in vitro, clonación); no solo crean vida, sino que deciden quién merece vivir o morir (selección genética y aborto), y no según criterios morales, como se dice de Dios, sino en función de criterios somáticos y genéticos; además, ofrecen la esperanza de salvarnos de nuestros pecados y defectos genéticos (terapia e ingeniería genética)". Sin debate previo, sin control ético ni jurídico, médicos e investigadores en los EEUU y Europa, se convierten en creadores, jueces y redentores de la humanidad. El autor de estas líneas lo ilustra así: "No hace mucho, en mi universidad, un médico que hacía la ronda de visitas a sus pacientes acompañado de estudiantes de medicina se detuvo ante la cama de un muchacho de diez años, inteligente y normal, salvo que padecía espina bífida. "Si hubiera sido concebido hoy -dijo el médico de modo incidental a los que le rodeaban- habría sido abortado". Decidir quién va a vivir y quién va a morir basándose en los méritos genéticos supone ya una especie de poder divino en manos de la medicina genética. Este poder no hará más que crecer"13.


Por otra parte, la figura del embrión humano "residuo", que se usa y se destruye, ha venido de la fecundación artificial, en orden a la cual es preciso obtener buen número de embriones, de entre los que algunos se escogen e implantan en el útero materno; el resto queda, mediante congelación, a disposición de los padres durante cinco años. Las leyes española y francesa no decían más, hasta 1999. Hay decenas de miles de embriones que nadie reclama, y en los que ahora se ve un recurso para experimentar. En Gran Bretaña, en cambio, se inventó la figura legal del "preembrión" desde el principio y la ley permite producirlos y utilizarlos para fines médicos y de investigación. Por ahora se prohíbe usarlos para clonar individuos humanos con fines reproductivos, pero está abierta la vía para clonar individuos o tejidos.


"El proceso ya ha comenzado de modo tosco con la fecundación in vitro. Pronto dará gigantescos pasos adelante con la capacidad de seleccionar embriones in vitro antes de su implantación, con la clonación y, a la larga, con la ingeniería genética de precisión. El camino que estamos recorriendo conduce directamente al mundo de los bebés de diseño: no por decisión dictatorial, sino por el avance de un humanitarismo benevolente, aplaudido por una ambivalente ciudadanía, a la que también horroriza el poder llegar a ser la última cosa fabricada por el hombre".


"No nos engañemos: el precio que habremos de pagar por producir bebés óptimos o incluso solo genéticamente sanos será transferir la procreación del hogar al laboratorio. Solo se puede lograr un mayor control sobre el producto mediante una creciente despersonalización de todo el proceso y su consiguiente transformación en manufactura. Eso será profundamente deshumanizante, por muy buena dotación genética o salud de que gocen los niños. Y no olvidemos los poderosos intereses económicos que sin duda intervendrán; con ellos, la manipulación de la vida humana naciente será imparable.
"(...)


""¿Dice usted que clonar seres humanos no es ético y es deshumanizador? No se preocupe: nos ayudará a tratar la esterilidad, a evitar enfermedades genéticas y a proporcionar materiales perfectos para trasplantes". De este tenor es el informe de junio de 1997 de la Comisión Nacional Asesora de Bioética sobre la clonación de seres humanos. A pesar de recomendar una prohibición temporal de tal práctica, la única objeción moral que la comisión acordó fue que la clonación "no es todavía segura para ser practicada en seres humanos", porque la técnica aún tiene que ser perfeccionada". (...)
"El mismo argumento justificará inevitablemente también la producción y cultivo de embriones humanos para experimentación, revisar la definición de muerte para facilitar el trasplante de órganos, cultivar partes del cuerpo humano en cavidades peritoneales de animales, emplear cuerpos de personas recién muertas como fábricas de sustancias biológicas útiles, o reprogramar el cuerpo y la mente humana mediante ingeniería genética o neurobiológica. ¿Quién puede objetar algo si tales prácticas nos ayudarán a vivir más tiempo y con menos sufrimiento?"14.


La utopía hedonista de Herbert Marcuse era que trabajaran las máquinas y el hombre vacara en los placeres del espíritu, pero vino la era de las prisas y de la insatisfacción con el propio empleo. La utopía de algunos genetistas parece ser ahora la vida sin dolor, sin enfermedad ni muerte. No quiero pensar qué cabe temer. Prefiero señalar que la hora de la utopía sonó hace tiempo. La utopía es lo mismo que el progreso hecho mito y fe. En sustitución de la fe en Dios y sus promesas, la utopía puso la fe en el hombre y en la ciencia de la que se esperaba que en el tiempo, en el futuro, produjera un paraíso en la Tierra.


Mitificar el progreso es una simple confusión, un error filosófico, en la apartada región de la teoría pura. Efectivamente, se sacraliza el tiempo del progreso, se diviniza a la razón humana o a la ciencia, si se decide esperar sólo de ellas y del tiempo el cumplimiento de las expectativas del alma humana, la realización de nuestro natural deseo de felicidad y vida eterna. Se pone entonces en el futuro histórico una meta y se la identifica con el fin último de la humanidad. Por fin se escribe "Humanidad" con mayúscula y se sustituye el crecimiento personal en virtudes por el progreso colectivo, anónimo, en la línea del dominio material y la riqueza.


Ahora bien, todas esas sustituciones son un error, porque el progreso no da para tanto y no apunta a fines, sino sólo a medios. El progreso consiste en convertir fines en medios; pero es incapaz de crear fines. Por lo tanto, el progreso ocurre en el tiempo ideal, y va hasta el infinito, lo cual es lo mismo que decir que no va a ninguna parte ni a ninguna época. Eso es sencillamente lo reconocido, cuando se dice que la era de las utopías se ha agotado.



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