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El problema de ser tonto

Por: Alfonso Aguil�
Hacer Familia n� 142
Fuente:
www.fluvium.org


������� �Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. El perspicaz se sorprende a s� mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tonter�a, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia�.

������� �El tonto, en cambio, no se sospecha a s� mismo: se parece sensat�simo, y de ah� la envidiable tranquilidad con que el necio se instala en su propia torpeza. Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tonter�a, llevarle de paseo un rato m�s all� de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visi�n habitual con otros modos de ver m�s sutiles�.

������� �El tonto es vitalicio y sin poros. Por eso dec�a Anatole France que un necio es mucho m�s funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio jam�s�.

������� Estas reflexiones de Ortega y Gasset resultan muy interesantes para todos, porque todos tenemos algo de necedad, y sobre todo porque s�lo demostramos ser inteligentes cuando sabemos advertirla y escapar de ella con normalidad. Nos manifestamos inteligentes precisamente cuando advertimos que con nuestras intuiciones totalmente previsibles, con nuestra aburrida reiteraci�n de prejuicios y estereotipos, con nuestra incapacidad para cambiar de punto de vista sobre las personas o los asuntos, o con nuestro rid�culo empe�o en aparecer como personas m�s documentadas e inteligentes de lo que somos, lo que demostramos en realidad con todo eso es que no hemos advertido que est�bamos a dos dedos de ser tontos, o que lo hemos advertido pero no hemos sabido parar a tiempo.

������� Todos incubamos necedad, y quiz� debemos seguir el consejo de Ortega y atrevernos a dar un paseo m�s all� de nuestras seguridades, esforzarnos por contrastar nuestra visi�n de las cosas con las de otras personas, a las que quiz� hasta ahora hemos menospreciado sin molestarnos mucho en entenderlas.

������� Ser tonto no es tener mayor o menor coeficiente intelectual. Todos conocemos personas con un CI modesto pero con una enorme sensatez. Y personas supuestamente muy inteligentes pero tan engre�das que son verdaderamente tontas. Los tontos han llegado a serlo a base de repetir actuaciones en las que les ciega una vanidad tonta, una susceptibilidad necia, una suficiencia est�pida o una envidia torpe.

������� Todos tenemos limitaciones, y demostramos inteligencia al advertirlas y procurar aceptarlas y superarlas poco a poco. El tonto, en cambio, no las advierte, y si las advierte, intenta disimularlas a todo trance, y eso nunca sale bien.

������� Para no hacer el tonto, lo primero es estar dispuestos a reconocer la verdad de las cosas. "No conozco otro modo de extirpar un defecto o un vicio personal que declararlo y ponerlo sobre la mesa de la sinceridad", escribi� Gregorio Mara��n. Si somos sinceros advertiremos que con demasiada frecuencia nos empe�amos en mantener nuestra opini�n aunque sea manifiestamente mejorable, o queremos aparentar una seguridad que no tenemos y hacemos entonces el rid�culo m�s espantoso, o estamos demasiado pendientes de nuestro rango y resultamos pat�ticos.

������� Ser tonto tiene mucho que ver con el prejuicio y el estereotipo, pues ambos son jubilaciones del esfuerzo por pensar. Enjuiciamos todo con arreglo a lo que nos cae bien, a nuestra intuici�n quiz� un poco apolillada por man�as y obstinaciones. Nos dejamos llevar por antojos intelectuales que conducen a la ofuscaci�n y a la terquedad. Permitimos que las ideas fijas sustituyan al pensamiento abierto y libre. Perdemos as� la lozan�a mental y nos aproximamos paso a paso al problema de ser tonto.


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