El ocaso del CI
Por: Alfonso Aguil�
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Fuente: www.fliuvium.org
������� Fue por los a�os de la Primera Guerra Mundial cuando Lewis Terman invent� los famosos tests de inteligencia para determinar el coeficiente intelectual (CI). Aquel incansable investigador de la Universidad de Stanford logr� en pocos a�os clasificar a dos millones de norteamericanos mediante la primera aplicaci�n masiva de esos tests, y el �xito fue tan arrollador que en poco tiempo el CI pas� a ser considerado universalmente como el principal indicador del talento personal.
������� Lo malo es que la idea de que la inteligencia es un dato de partida invariable en nuestra vida ha impregnado durante d�cadas a toda la sociedad occidental: nacemos m�s o menos inteligentes, seg�n nuestro CI, y eso es algo que ya nunca podr� cambiar.
������� Por suerte, todo aquello entr� en crisis hace ya a�os, sobre todo despu�s de que Howard Gardner publicara su libro Frames of Mind, en el que propon�a una nueva visi�n de la inteligencia como una capacidad m�ltiple: no hay propiamente un �nico tipo de inteligencia, esencial para el �xito en la vida, sino un amplio abanico de capacidades intelectuales, que Gardner agrup� en siete inteligencias b�sicas: ling��stica o verbal, l�gico-matem�tica, musical, espacial, de coordinaci�n o destreza corporal, interpersonal o social, e intrapersonal.
������� A su vez, un n�mero cada vez mayor de especialistas ha llegado en los �ltimos a�os a conclusiones similares, coincidiendo en que el viejo concepto del CI abarca s�lo una estrecha franja de habilidades ling��sticas y matem�ticas, por lo que tener un elevado CI puede predecir tal vez qui�n va a tener �xito acad�mico (tal como suele evaluarse hoy en nuestro sistema educativo), pero no mucho m�s.
������� Resulta patente, por ejemplo, que muchas personas con un alto CI pero escasas aptitudes emocionales se manejan en la vida mucho peor que otras de modesto CI pero que han sabido desarrollar otras aptitudes. Parece claro que un elevado CI no constituye, por s� solo, una garant�a de �xito profesional, y mucho menos de una vida acertada y feliz.
������� Sin embargo, nuestra cultura insiste denodadamente en el desarrollo de las habilidades acad�micas. S�, y aunque aquel modelo est� en crisis desde hace a�os, hay todav�a una gran inercia social que prestigia en exceso el CI en detrimento de otras capacidades que luego se demuestran m�s importantes. Es preciso ocuparse de un conjunto de ellas que tienen una importancia decisiva: las relativas a la educaci�n de los sentimientos, que comprenden habilidades como el conocimiento propio, el autocontrol y el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse a uno mismo y a otros, el talento social, el optimismo, la constancia, la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos de los dem�s, etc.
������� Las personas que gozan de una buena educaci�n de los sentimientos (o sea, quienes han logrado desarrollar esas capacidades que con tanto �xito Daniel Goleman ha denominado inteligencia emocional), son personas que suelen sentirse m�s satisfechas, son m�s eficaces, y hacen rendir mucho mejor su talento natural. Quienes, por el contrario, no logran dominar bien su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de pensar, de trabajar y de relacionarse con los dem�s.
������� Algunos estilos educativos �hoy, por fortuna, en franco retroceso� han soslayado con frecuencia el decisivo papel que desempe�an los sentimientos, olvidando quiz� que son una parte importante de la naturaleza humana, y que la felicidad y la vida moral tienen una estrecha relaci�n con la esfera afectiva. Quiz� observan con tanto recelo todo lo relativo a los sentimientos porque lo identifican con la idea del sentimentalismo, o de personas blandas, volubles o faltas de voluntad. Por eso conviene aclarar desde el comienzo que son cosas bien distintas, aunque aparentemente tengan alguna semejanza. Lo sensato es rechazar los errores propios del sentimentalismo o de la falta de voluntad, pero sin dejar de acometer con hondura una verdadera y profunda educaci�n del coraz�n.
������� Ser persona de mucho coraz�n, o poseer una profunda capacidad afectiva, no constituye en s� ning�n peligro. Y si lo constituye, ser� en la misma medida en que resulta peligroso tener una gran fuerza de voluntad o una portentosa inteligencia: depende de para qu� se utilicen.
������� Como es l�gico, no se trata de sustituir la raz�n por los sentimientos, ni tampoco lo contrario. Se trata de reconciliar cabeza y coraz�n, tanto en la familia como en las aulas o en las relaciones humanas en general.
Descubrir el modo inteligente
de armonizar cabeza y coraz�n,
raz�n y sentimientos.
������� No podemos desacreditar el coraz�n porque algunos lo consideren simple sentimentalismo; ni la inteligencia porque otros la vean como un mero racionalismo; ni la voluntad porque otros la reduzcan a un necio voluntarismo.