La unidad del mundo natural, tercer parte
Natalia L�pez Moratalla
Catedr�tica de Bioqu�mica
Universidad de Navarra
No es infrecuente concebir la naturaleza como un inventario de �cosas�, que mantienen entre s� unos equilibrios ecol�gicos logrados en millones de a�os, pero siempre fr�giles. Incluso no es infrecuente ver la naturaleza como un mundo hostil en la que las criaturas son el resultado de un azar ciego conjugado con la selecci�n natural que surge de la lucha del fuerte con el d�bil. Una armon�a forzada e incluso cruel.
Situaci�n que adem�s empeora con la presencia en el cosmos de una especie como la humana, cuyos individuos, no s�lo requieren un entorno material en el que su propia vida sea posible, sino que son �rompedores de equilibrios�; desmontan los delicados equilibrios construidos a lo largo de millones de a�os para reconstruirlos con otros par�metros.
Desde estas perspectivas, es dif�cil comprender que el mundo, y toda la multiplicidad de procesos y de criaturas que se dan en �l, puedan haber sido queridos, en un �nico designo de creaci�n, al servicio del hombre.
S�lo al hombre lo encontramos absolutamente valioso, querido por s� mismo, mientras que el resto son bienes no absolutos, pero s� reales, que son bienes en relaci�n con el hombre; esto es, su significado no se agota en ellos: no son comprensibles por s� sino en la integridad de la naturaleza. Forman parte del mundo del hombre.
El hombre est� solo entre otros seres � cuerpo entre los cuerpos, que solo la mujer de su misma naturaleza es compa��a � . El ser humano se sabe distinto y se siente solo entre el resto de las criaturas. Y puede conocer la realidad de las cosas. Pues bien, esta real y natural dependencia del mundo natural puede ser pervertida: ciertamente, el hombre causa por despotismo la �rebeld�a� de la tierra contra el hombre.
M�s a�n, la plena comprensi�n de que el mundo natural se muestre tan hostil en relaci�n al hombre requiere comprender la relaci�n entre la actuaci�n humana y la integridad de la creaci�n: la rebeld�a del hombre frente al Creador es la ra�z de la falta de armon�a de la naturaleza.
La biolog�a, como ciencia positiva, s�lo da cuenta de las manifestaciones experimentales de la evoluci�n, del mismo modo que la fisiolog�a humana s�lo puede dar cuenta de las manifestaciones fisiol�gicas de la actividad mental del hombre. Del mismo modo que ser�a un reduccionismo cientifista y materialista negar la espiritualidad del hombre esgrimiendo los hallazgos de la fisiolog�a del sistema nervioso, tambi�n ser�a dogmatismo materialista decir que la evoluci�n biol�gica pugna con la creaci�n.
M�s bien es al contrario: en la medida de sus posibilidades, la fisiolog�a confirma la unidad de esp�ritu y materia en el hombre; del mismo modo, la evoluci�n que detectan y describen los bi�logos confirma, en la medida de las posibilidades de la ciencia, que la naturaleza est� ordenada al hombre: es un proceso en que el azar y la necesidad cooperan en el dinamismo de lo simple hacia lo complejo con una flecha en el tiempo, una direcci�n.
Si antes dec�amos que la evoluci�n enriquece nuestro conocimiento de la creaci�n, ahora debemos afirmar que la relaci�n hace m�s plenamente coherente nuestra inteligencia de la evoluci�n.
Apoyado por: Manual de Bio�tica de Gloria Mar�a Tom�s Garrido de la Editorial Ariel.