Cristo: en los labios de una madre nazarena hay el temblor azulado de las
aguas de un pozo.
Cristo: muerde la semilla descascarillada por sus dientes de nácar.
Cristo: déjate crecer ese grano mío, hecho volumen de nácar.
Que La oigas. Que nos oigas. Que me oigas.
Santa María de las Cosas sin Brillo, la cadera dolorida por el cántaro,
el equilibrio de los jornales, la ropa vieja,
siempre zurcida y limpia:
crécenos el gozo de los pasos sin nombre;
que gustemos el vino dorado de la copa de los
Juan Nadie,
con el eco circunscrito a un espacio de crital,
saludado con normalidad, sin recargo de intereses
o fama.
Reina de las Horas gemelas;
a las doce, el cocido;
a la tarde, la cartilla de Jesús;
a la noche, el salterio con José y el
Niño:
ven, rasca una cerilla de Fe y enciende.
la hora justa de la medicina,
el clisé ya gastado de las criaturas habituales,
los minutos sin ilusión, con un futuro de
nubes arracimadas.
Elegida para las Misiones con Sordina, Madre sin
canastilla,
Maestra con un abecedario de silencios,
Redentroa sin Evangelios:
te pedimos nos acerques la lima de las humildades,
que nos desbaste nuestra hueca canidad
de elogios;
que sintamos la cosecha de fango y de soberbia como
un martillo pilón sobre los hombros
y a Dios escanciando su sangre de oro sobre
las palmas vacías.
Dama de Honor de los "Inútiles",
la que sólo "estaba" al pie de la Cruz,
sin milicias, ni abogados, ni recomendaciones a jueces;
sin más trinchera que el palmo de las
sandalias:
ruega por los que nunca recibirán el sobre de fin de mes,
los condenados a no ganar un duro con el sudor de llevar una
maleta,
los hombres "carga", sin tarea de ladrillos o
folios a máquina.
Corazón de Acerico,
"recordman" del sufrimiento, con el dolor sin estrenar
de todos los nacidos
y la pena como una badana de hierro
que se contrae sobre las palpitaciones:
te pido que nos consigas a la mansedumbre en berbiquí,
metida en la pulpa de los lamentos,
en el desgarrón que nos cuaja en anuncio de
analgésico,
en el martiriologio de las ideas fantasmas.
Madre de la Cruz sin Tiempo,
con Niños Perdidos en Hiroshima y Agadir;
con hijos en camas de esmalte, crucificados
entre hidracidas;
o en Vía-Crucis de productividad y
semáforos:
te digo que deseamos vivir en ascua nuestra
evidecia de hermanos;
que rebatiñes todos los dolores del mundo y,
con tu ayuda,
nosotros los sabremos necesariamente como
al vaso de leche o la pócima,
para que se agote la especie de la queja y la
angustia.
Llave Maestra,
Señora sin Misterios, con fórumlas,
en la aguja el hilo de una vida y
bordando bien al derecho y al revés;
con la clave de Dios en todos los rompecabezas:
mira este grandullón que se acerca como un
niño en estropicio,
con su cricigrama en blanco y las palabras
dolor, silencio, tristeza, amor
para llenar con gracia los cuadros horizontales
y verticales;
haz que palpemos la cara redonda de Dios en
las culebrinas de las articulaciones,
en el desahucio de los médicos,
en la fortuna de espaldas, como un colegial
enfurruñado.
Virgen del Mosto en las Pupilas
- la maternidad, lagar; la Cruz, lagar; la
soledad, lagar -;
las lágrimas cuajadas en dulzura como las gotas de un fruto recién
partido:
engrásanos de ternura las palabras que chirrían,
la puerta mohosa del corazón,
las vidas estúpidamente envaradas, como palos
de cucaña.
Santa María de los Nombres Brillantes, como
un cielo bruñido:
Cascabel que Late,
Palmas Hacia Arriba, abiertas con lluvia,
con sol: con esperanza,
Cristal Bañado y Pulido,
Gota de Sangre con Sonajero,
Desierto con Fuentes y umores,
Lengua de Lira en Salmo,
Miga y Gozo de Cada Día,
Multicopista de todas las Maravillas:
ante Ti se derrumban los vasos de arcilla del
mundo.
Oye, pues, el S.O.S. de las criaturas sin cielo,
con lacra, con cicatrices.
Toma nota y fíjate:
pedimos la alegría, la esperanza, la pureza y
el sacrificio;
queremos la soledad fecunda, adorar y ser
reconocidos.
Y, como cumbre del ansia, arráncanos la
bondad hasta llegar a una perfección
"standard";
santos a manojillos: los municipales, las mujeres que van
a la compra, las mecanógrafas, las telefonistas
y los pobres hombres en
sillón de ruedas.
Que La oigas, Cristo. Que nos oigas. Que me
oigas.