Cisnes salvajes, historias de mujer
Por: Nieves García
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Colaboradora de Mujer Nueva
2006-06-13
Una abuela, una madre, una hija. Cisnes Salvajes no es solo un cuento de Andersen, es también la historia autobiográfica de Jung Chang, de su madre y de su abuela. La escritora abandonó China en 1978, a los 26 años para trasladarse a Gran Bretaña y estudiar. Actualmente imparte clases en la Universidad de York. “Cisnes salvajes” es la traducción del chino del segundo nombre que llevaron las tres.
Su abuela conoció la época de la caída del Imperio, fue concubina de uno de los Señores de la Guerra, vivió la dominación japonesa y el gobierno del Kuomintang. Su madre una revolucionaria convencida vivió de joven la guerra civil, se casó con un hombre fiel a la revolución, fue después protagonista de la dictadura comunista, del Gran Salto Adelante y víctima a su vez de la Revolución Cultural. La autora del libro, hija de revolucionarios, acaba huyendo de China en busca de libertad.
Sobresale en cada capítulo la fuerza y el carácter de cada una de estas tres mujeres. Aún con experiencias muy distintas, en cada página se percibe un mismo latir, proveniente siempre de un corazón de mujer, lleno de coraje.
La abuela de Jun Chang tuvo vendados sus pies desde niña. A los quince años fue dada como concubina a uno de los numerosos señores de la guerra. Solo a la muerte de éste logra escapar de aquel ambiente de concubinas, intrigas feudales entre las esposas. Una mujer que sintió miedo muchas veces, pero que por amor a los suyos, fue capaz de huir con su hija de meses en medio de una guerra, y años más adelante, cruzar la mitad del territorio chino, para acompañar a esta hija que iba a dar a luz. Supo adaptarse a los brutales cambios de mentalidad, sin perder nunca su feminidad, tan característica de la mujer china en la época del Imperio. Su nieta, de niña, recordaba como se perfumaba el cabello, y en su traje gris (obligado para todos hombres y mujeres) prendía algún detalle de color. Jung comentaba que esos detalles femeninos recordaban a todos, que para su abuela era importante distinguirse como mujer, aunque la obligaran a vestir como los hombres. No era mujer por su arreglo, sino porque era mujer elegía serlo también en sus distintivos externos, en la limpieza de su cabello, en su forma delicada de caminar…”Nadie me obliga ahora, pero yo quiero mostrarme agradable para hacer la vida agradable a los otros; ello me hace feliz y me da seguridad”
Su hija siguió un camino diferente. A los 14 años se escapó de la casa de su madre. Desarrolló una activa labor clandestina durante sus años de estudiante trasmitiendo información a las fuerzas comunistas que asediaban la ciudad durante la revolución. Contrajo matrimonio a los 19 años con un guerrillero de Mao Zedong. Al inicio de su matrimonio solo podía convivir con su marido los sábados porque el resto del tiempo se debían ambos a la revolución. Admiró de su marido su inquebrantable fidelidad al Partido, pero su corazón de mujer siempre extrañó que nunca la eligiera a ella, antes que al Partido. A pesar de ser un hombre justo, no tuvo un detalle de preferencia hacia ella, una alabanza o la expresión de un sentimiento de gratitud. Y ella como mujer, necesitada de amar y de muestras de cariño, a pesar de esa aparente frialdad, aprendió a quererle tal como era, a valorar sus cualidades. Al final de su matrimonio, cuando llegó el momento de la persecución, ella lo defendió y acompañó en todos sus avatares. Su amor fue más grande que su deseo de correspondencia.
Finalmente Jung Chang, la nieta, hizo honor a la segunda parte de su sobrenombre, “cisne salvaje”, y tras permanecer a la Guardia Roja, su mente despierta empezó a descubrir que un cisne en cautiverio, es un cisne condenado a morir pronto. Su inteligencia e intuición femenina fueron armando el rompecabezas, y las mentiras en las que fue educada en su infancia, cayeron por su propio peso. Vio a sus padres, héroes de la revolución, condenados a trabajos forzados, y en lugar de amargar su corazón en el resentimiento, decidió extender las alas para volar más lejos, y sacar a al luz la verdad. Exiliada en las montañas, trabajó como campesina y “doctora descalza”, ayudando a los necesitados y abandonados por el sistema. Por fin, pudo huir de China en 1978, para dar testimonio al mundo, del valor y del coraje de tres mujeres, que nunca dejaron de serlo, porque nunca dejaron de darse a los demás.
Cisnes Salvajes (1991), es la obra que habla de ellas, ha vendido 10 millones de copias en 30 lenguas.
Como la autora resume la experiencia común de las tres: “Rodeadas de sufrimiento, muerte y desolación, habían contemplado la indescriptible capacidad humana para sobrevivir y buscar la felicidad”, y decidieron, cada una en su circunstancia, luchar como mujeres que creyeron que el amor y la libertad existen y se pueden conquistar.