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CAPITULO IX

El término de la vida humana


Nota Preliminar

La concepción de la existencia humana como una historia exige que completemos el estudio de la imagen de Dios con el examen del término del desarrollo de esta imagen, individual y social, corporal y espiritual juntamente. La palabra término no tiene solamente un significado negativo, sino también un significado positivo.

Cuando hablamos del término de la vida humana, es este segundo significado el que prevalece; en efecto, la historicidad de la vida humana implica esencialmente una meta prefijada por Dios al devenido histórico, de tal modo que el hombre realice su existencia orientándose precisamente hacia esa meta.


La Muerte como Fin

La sagrada Escritura considera a la muerte como el camino de todo el mundo. La calidad de la vida humana es una de las manifestaciones del abismo que separa al hombre del Dios eterno. Esta comprobación parecería a primera vista vulgar, ya que se trata de una cosa evidente; pero el hecho es que la palabra de Dios que contiene el anuncio de la inevitabilidad de la muerte es para el teólogo una advertencia a fin de que no pretenda construir un –discurso sobre el hombre-, que no tenga en cuenta el significado de la muerte.


La Muerte como Principio

Se admite, pues, una supervivencia después de la muerte, en la que todos van con sus padres ó se unen con su propio pueblo tras haber acabado la vida.


El Termino de la Historia de la Humanidad

La teología contemporánea, la renovarse gracias a su retorno a la Biblia, insiste mucho en la necesidad de situar el eschaton individual en un contexto cósmico.


La Sagrada Escritura

Las descripciones bíblicas sobre el término último de la historia humana son muy variadas, y resulta difícil encontrar un desarrollo lineal dentro de la multiplicidad de los temas apocalípticos; sin embargo, la función escatológica de semejantes descripciones ha de tenerse muy en cuenta, ya que el sentido de la historia humana seguirá siendo en último análisis ininteligible sin la previsión del término al que tiende.

Así pues, la historia humana, termina con un giro cósmico, no metatemporal, sino postemporal, que hará cesar en un determinado momento la época presente e inaugurará una época posterior, en la que la duración y la vida ya no serán mensurables por el tiempo.

San Agustín, contra los estoicos, expone largamente la doctrina católica sobre el final de la historia, oponiéndose a la eterna repetición circular y anuncio lleno de gozo que los hombres no volverán ya a sus miserias.

La importancia de esta convicción es manifiesta: coloca el sentido de la historia en un estado que trasciende la historia, y que es idéntico a la condición con que cada una de las personas, después de la resurrección, están presentas a Dios.

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