CAPITULO II
El hombre creado en Cristo, según el Nuevo Testamento.
Fundamento bíblico
Col. 1, 15-20
La reflexión dogmática presupone una preparación estrictamente exegética.
De la exégesis literal emergen los siguientes temas:
a) El Padre invisible (inaccesible) cuya infinita perfección está dinámicamente presente en Cristo.
b) Cristo, principio dinámico de la creación y de la re-creación.
c) El mundo como un todo que tiene su principio fuera de sí, y que tiene necesidad del influjo continuo de este principio, bien sea para permanecer en el ser, o bien para tender hacia su cumplimiento final.
d) La creación es entendida como una operación eficaz divina y como el universo estructurado, correspondiente a esta operación y resultante de ella.
La parte de Cristo en la creación se describe por medio de tres preposiciones:
dia: a través de (causa eficiente) Por Cristo.
en:en (causa formal o ejemplar) En Cristo.
eiV:hacia (causa final) Hacia Cristo.
Estas expresiones pueden considerarse de tres maneras:
1. Cristo es alfa y omega, quien produce el universo y por cuyo amor existe y se desarrolla.
2. Cristo lo contiene todo, en cuanto que le da sentido al universo, atrayéndolo a sí.
3. La tríada nunca se aplica al Padre, sino solamente a Cristo. Cristo es llamado causa eficiente, ejemplar y final de la creación.
Heb 1, 1-4
La glorificación de Cristo está en medio de dos afirmaciones que se refieren a la función de Cristo: una en el v. 2b por quien también hizo los mundos, y otra en el v. 3b el que sostiene todo con su palabra poderosa.
Cristo posee la gloria divina, realiza la creación y la re-creación y de esta forma posee su gloria bajo un nuevo aspecto. Cristo se presenta como autor del mundo, en cuanto que lo ha hecho, lo sostiene y lo purifica. Cristo refleja e irradia la belleza del Padre sobre el mundo.
Jn 1, 1-17
Todo ha sido hecho por medio del Verbo. El Padre crea como si contemplase su propia sabiduría, en la que está contenido el plano de ese mundo que él llama a la existencia y que se realiza a través de la creación, especialmente en el hombre. El Padre crea por medio de la palabra, de modo que la palabra de la creación es instrumento activo de la producción del universo. El Padre, por medio del Verbo creador, y del Verbo encarnado, teniendo por ejemplar al Verbo, lo produce y lo dirige todo hacia la plena participación del Verbo.
Reflexión especulativa
La sagrada escritura, como los Padres griegos, piensan sobre todo en la persona; subraya por tanto la unidad en cristología, y acentúa la pluralidad en la doctrina trinitaria. La reflexión occidental, se concentra en la naturaleza, y por eso acentúa en cristología la dualidad y en la Trinidad su unidad. El pensamiento occidental ha necesitado con mayor urgencia distinguir claramente en qué sentido la función creadora pertenece a la divinidad, es decir, al Verbo en cuanto increado, y en qué sentido le pertenece a la humanidad, en Verbo en cuanto encarnado.
El Verbo increado, creador
Santo Tomás recogió y organizó la enseñanza tradicional, fundándose especialmente en la doctrina de San Agustín. En la Trinidad, el Verbo procede del Padre, el Verbo es como la primera idea en la que están contenidas todas las otras. El Padre dice al Verbo, y al decir Verbo dice en él todas las cosas posibles y existentes. Puede decirse que el Padre crea todas las cosas en el Verbo, como en su causa ejemplar suprema, y en el Espíritu Santo, en el que Padre se ama a sí mismo y por ello a toda criatura que participa de su propia bondad.
El mundo ha sido creado para comunicar una participación finita de la belleza, contemplada por el Padre en el Verbo, y amada por el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. La Trinidad actúa por amor a la belleza concebida en el Verbo, queriendo realizarla fuera de sí.
El Verbo encarnado, creador
Si admitimos que la encarnación fue querida por Dios no solamente para reparar el pecado, sino que ha sido la razón propia de la creación, podremos decir que es causa eficiente del mundo aquel Verbo que en la plenitud de los tiempos se encarna; que es causa eficiente en cuanto que se encarna, o sea, al querer prepararse mediante la creación la “carne” que habría de asumir.
La relación entre el Verbo encarnado y la creación queda, sin embargo, más clara bajo el aspecto de la causalidad final y ejemplar. Cristo es la cabeza del cuerpo místico, y el Padre se complace en la imagen de todo el cuerpo y quiere la existencia de la humanidad, para que Cristo sea el primogénito entre muchos hermanos. El género humano exige la existencia del mundo material, cuya cima constituye.
La naturaleza humana del Verbo es la clave de inteligibilidad de todo el universo.
Cristogénesis en la cosmogénesis
El hombre no es inteligible sin relación con Dios que lo ha creado, lo conserva, y del cual depende todo su desarrollo, tampoco es perfectamente inteligible sin relación con Cristo, por el cual, en el cual y hacia el cual lo ha creado, lo conserva y lo dirige hasta la plenitud escatológica. El género humano contiene en sí al Verbo encarnado, Cristo – aunque habite en un pequeño ángulo del universo – es el centro y la cima de todo el universo material, más aún, está por encima del universo de los espíritus puros.