Bioética y Política
1. Política
La política, como actividad que se realiza en el ámbito público y que se refiere a la dirección de la vida propia de la comunidad política. Este término político procede del griego polis, que se ha traducido por ciudad. Ahora bien, es más correcto traducirlo por comunidad política, pues polis no se refiere a cualquier ciudad, sino a éstas como entidades compuestas por ciudadanos, que en ellas ejercen su libertad.
La política exige la existencia de ciudadanos que se preocupen por los asuntos públicos, entendiendo que en esta esfera es donde puede jugar mejor su libertad. Pues es el juego de la libertad y la responsabilidad el que mejor define esta actividad. Exige, en consecuencia, que los ciudadanos no se vuelvan exclusivamente sobre sus asuntos. Ya que cuando esto ocurre, desaparece la política.
Para que pueda darse la política es necesario que los asuntos claves en la esfera pública no sean usurpados por los expertos, es decir, que los ciudadanos puedan opinar sobre ellos, considerando las opciones de acción libre, y no se diga que existe un solo camino que es el que es gestionado por los técnicos.
2. Tecnocracia
La suplantación de la política por la acción de los técnicos se llama tecnocracia, que es un neologismo que une los términos techne (técnica) y cratos (poder). Nuestra sociedad es muy tendente a esta desviación.
Obsérvese que el tecnócrata no es un mero técnico, o en nuestro caso un científico, que expone su opinión en su ámbito, sino que es un gerente que en nombre de sus conocimientos técnicos pretende eliminar la acción política, sustituyéndola por su gestión.
Es pretensión del gerente tener un conocimiento de la evolución futura de la vida social, siempre en virtud de sus conocimientos. En virtud de ese superior conocimiento justifica su poder.
3. Bioética y poder
La reflexión Bioética debe enfrentarse apareciendo mediatizada por relaciones de poder o dominación. Claro está que entre nosotros el término poder ha quedado reducido al poder por excelencia o poder del Estado.
Es innegable la importancia del poder público en la esfera Bioética, aunque desde luego no es la única forma de poder concebible, pues en esta esfera influyen numerosas posibilidades de dominación y de poderes fácticos de nuestras sociedades.
En la raíz de la evolución de la ética médica hacia la Bioética se encuentra la referencia a los derechos humanos y su conexión con la actividad médica, una vez que se observó hasta qué punto la sagrada función de la Medicina podía ser manipulada por el Estado, fundamentalmente, claro está, por los Estados totalitarios. Además es importante considerar que la tendencia deshumanizadora de ciertas prácticas científicas no necesita del apoyo estatal para violar la dignidad del hombre.
La Bioética, al reflexionar sobre el poder, encuentra de nuevo sus raíces y el origen en buena parte de las declaraciones de ética médica de posguerra, que continúa siendo su punto de referencia obligado.
Igualmente reencuentra su relación con los derechos humanos, que son uno de los puntos fundamentales de contacto donde convergen las diversas posiciones morales. Desde luego se trata de un punto de partida insuficiente para resolver todas las cuestiones, tal como muestran las crecientes dificultades para responder desde ellos a los nuevos retos que surgen de la evolución tecnológica y científica.
4. Poder y ciencia
La actividad científica en su conjunto mantiene una evidente relación con el poder político, que ha generado a lo largo de nuestro siglo toda una discusión de la neutralidad del científico y de la actividad científica.
El científico, en buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo, se ha convertido en el gran agente, no sólo del conocimiento del mundo y de la realidad, sino también de su reconstrucción a imagen del hombre.
El concepto de conocimiento en la mentalidad contemporánea ha sido en buena medida sustituido por el de manipulación de la naturaleza, en la que se sitúa, en el momento más actual, la propia naturaleza humana.
El científico, como prototipo, ha reclamado la independencia de su acción respecto al juicio científico o político, toda vez que se ha convertido en el principal agente al servicio del progreso o de la humanidad. Esto es debido a que, en buena medida, el paradigma científico se convierte en el canon del único conocimiento válido.
La respuesta a todo reto científico es plantearse su hubiese sido mejor que el descubrimiento y el conocimiento no se hubiera producido. Esta actitud, la del no descubrimiento, no sólo es perjudicial sino también irreal. La única salida sería la involución cultural. La actitud correcta sería recordar que no es el dato científico lo discutible, sino la utilización que los hombres hagamos de él. Y sobre esto último sí cabe un juicio ético o político.