Autosuficiencia y consejo
Por: Alfonso Aguil�
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Fuente: www.fluvium.org
������� Cuentan que en un puente estrecho, de aquellos t�picos que se encontraban hace unos siglos como colgados entre las dos orillas de un torrente, se par� en cierta ocasi�n un mulo, afirm�ndose con terquedad en el sitio.
������� Intentaron arrastrarlo por la cabeza, empujarle, e incluso molerle a palos las costillas, pero no hab�a modo de hacerle avanzar. A uno y otro extremo del puente la gente esperaba con impaciencia.
������� Hasta que lleg� uno que parec�a entender de mulos, se acerc�, agarr� al mulo por el rabo y tir� de �l hacia atr�s. Al sentir que le quer�an hacer retroceder, el animal sali� como una flecha hacia adelante, dejando el paso libre.
������� Hay personas que son como aquel mulo: el mismo esp�ritu de contradicci�n. Parece que est�n esperando a saber de qu� se habla para decir que ellos piensan lo contrario. Su norma principal es decir y hacer lo opuesto a lo que se diga o se haga.
������� Para educar a esas personas, quiz� lo mejor ser�a contratar los servicios de un experto en testarudos, como �se de la an�cdota, para que les diga en cada momento lo contrario de lo que de ellos se quiera conseguir.
������� Es triste ser tercos como aquel mulo, o tan autosuficientes que nunca sepamos aceptar un consejo. Todos necesitamos la ayuda de alguien que nos ayude y nos comprenda; de alguien, al menos, con quien poder desahogarnos alguna vez. Desahogarse un poco y pedir ayuda a quien nos la puede prestar, es ya un paso importante.
������� Primero, porque significa que ya nos hemos dado cuenta de que necesitamos esa ayuda.
������� Despu�s, porque al explicar las cosas a otra persona, suelen adquirir m�s objetividad y entonces ya las comprendemos mejor. Adem�s, el mero hecho de contarlo produce ya un gran desahogo.
������� Y por �ltimo, porque seguro que nos pueden ayudar mucho con alg�n buen consejo.
������� Algunos dicen que quienes piden consejo para todo van como a remolque de los dem�s, que son gente de poca personalidad. Pero pedir consejo no implica seguirlo siempre, ni descargar en quien nos aconseja la responsabilidad de la decisi�n. No quita que sigamos siendo los autores y supremos responsables de nuestras vidas. El consejo hay que tomarlo de quien nos merezca confianza, y luego decidir por nuestra cuenta.
������� Como el ni�o que aprende a nadar o a montar en bicicleta, poco a poco debe ir solt�ndose de quien le ense�a, para poder aprender. Luego, sin que le est�n sujetando, seguir� recibiendo consejos para mejorar su estilo. Pero tan equivocado ser�a sostenerle indefinidamente como dejarle caer mil veces mientras no logra aprender la t�cnica del equilibrio.
������� Es muy duro para cualquiera no tener a nadie que le sepa dar un consejo oportuno en los momentos de dificultad. Les sucede a veces a las personas mayores, y sucede con m�s frecuencia a los ni�os: muchos no tienen ning�n amigo de su edad ni ning�n adulto a quien abrir su coraz�n, nadie en quien confiar.
������� Pero m�s a�n sufren aquellos que s� tienen en quien confiar, pero no quieren hacerlo porque son demasiado orgullosos y se empe�an en rumiar pesadamente en soledad lo que seguramente se arreglar�a con facilidad en una sencilla conversaci�n de padre a hijo, o de hermanos, o de amigos.
������� Siempre contribuir� en gran medida a la paz y la alegr�a en la familia que todos se preocupen por ayudar, pero a veces resultar� m�s importante que aprendamos a dejarnos ayudar, a escuchar esa voz amiga que tiene la lealtad de darnos un buen consejo. Son muchos los que recuerdan con emoci�n uno de esos encuentros providenciales con un consejo que determin� el cambio de rumbo de una vida.