REDENCIÓN EN EL PARAÍSO
Ya es primavera en la esperanza del Paraíso. Ya se ha llenado la montaña y doce estrellas se dan la mano en órbita de la Cabeza que hizo añicos el cristal del vacío. Ya hay sobre el cielo la navegación de un águila cristiana, a media altura un fru-fru de seda de serafines, y en la tierra las violetas se aúpan sobre los búcaros del campo, mientras abajo se quebranta la lagartija del maligno. Ya la Virgen de Tíscar pone en alto su cara de blanco medallón. La gracia que latía al fondo de la naturaleza se ha hecho cosecha de luces y paja de establo. Todavía de noche oye la zancada del ciervo y a la tarde se desbordan en catarata el tomillo y la hierbabuena, pero lo que aquí se escucha es una molienda de Eucaristía y lo que hueles a Pan de Cristo y a Sangre de Cristo, a Gloria de almas divinizadas por Cristo. La Virgen de Tíscar, la Gran molinera, se ha puesto de puntillas sobre las cumbres y toda la tarde se hace anillo de luces a su alrededor.
Ahora, Cazorla, desde que te has hecho Custodia, sí que te envidia. No pares de bendecir un momento en que la Virgen de Tíscar se va a hacer viril para dejarte sobre la cima ese Pan de felicidad que es el Dios hecho Hogaza.
Me han dicho que en las oficinas de turismo los carteles se aprietan para dar paso a uno que tiene tu nombre. Te planean «slogans», te buscan comparaciones, cuando nada hay tan deslumbrante como tu propia palabra. Así todo late en tu hondura un timbre de gloria que está sobre los cantos de los cicerones servir de panera divina a los nombres que te lleguen. Bendita si ayudas a que criaturas tengan valor para mirarse por dentro, con esa fórmula que Mauriac parece haber escrito para ti: «Ningún hombre se conoce bastante si no se ha mirado a la luz fulgurante de la Hostia que se levanta sobre el copón».