LA ESPERANZA VIVE EN EL PARAÍSO
Cazorla guarda como una fortuna un hermoso privilegio botánico. Los naturalistas llegan a veces, solicitan un guía con experiencia y le piden que le conduzca a cerro Cabañas, allá en lo alto, donde el aire ensortija en los pinos rumores de caracola y el ciervo entrecose en los árboles su limpia galopada.
Cerro Cabañas tiene un techo azul que negrea de noche para que se vea el estampido de esas blancas rosas de divina alegría que son los luceros, y un suelo que es como un lienzo de césped que se salpica con los morados de la paleta del atardecer.
En ciencia, la riqueza no se llama oro, ni cheques, ni acciones, sino especie única, esa fortuna de singularidad que se apellida rareza. Por eso en Cerro Cabañas se ha oído infinidad de veces el chasquido de las «Leikas» y ya el sol cabrillea cuando se enfila por las lupas de los naturalistas. Y es que Cerro Cabañas y toda Cazorla atesoran ese filón botánico que se llama la «violeta cazorlensis». Para recrearse en la línea de esa violeta, para notar en los ojos la pincelada de todo de arco iris, para ensanchar los pulmones con embriaguez nace falta pasar antes ese Rubicón de caminatas, sensaciones y sorpresas que es las veredas de los ciervos, el bramido el jabalí, la desazón de la ardilla y ese milagro que es el águila prendida en el aire por el alfiler de la majestad. Como también incorporar al corazón un álbum de paisajes con nombres que saben a himnos de Poverello: Puerto de las Palomas, Risco de los Halcones, Nacimiento de Aguas Negras...
Y sin embargo, saberse en el catálogo de los museos de ciencia no le ha dado a Cazorla es paternidad deforme que es la mala educación del hijo único, porque todo lo que se rezuma allí es naturaleza elemental, ancha primogenitura. Se diría que en la alta sierra andaluza pervive en toda su frescura la gracia de un viejo Paraíso, aún con sus siete días recién estrenados.
Por lo pronto, entre sus muchas cosas originales, hay que quedarse con cuatro, que son como otras tantas fronteras del Edén: un águila, una mariposa, una flor y una lagartija.
Si la violeta es un símbolo de la humildad virginal, el clima de vuelo alto de las águilas tira de todo ese varonil y místico revoloteo del Discípulo Amado, lo mismo que la gran mariposa bate las alas a un ritmo de serafines y arcángeles de Anunciación. Es así que lo que estas cosas ponen al fondo es como un secreto clamor de inmensa rehabilitación. La sierra de Cazorla, con sus ciervos y sus mariposas, con las canciones del agua limpia y el pequeño sol de las truchas de saltos plateados, es como un paraíso en el que las cosas se conjugan para la hora H de la cristianización, para esa tarde en la que todos los elementos se aprietan hacia fuera dejando un vacío para que venga una Mujer limpia y lo ocupe posando los pies sobre el lomo azulado de una lagartija, que llena bien su papel de reptil.
Quedemos, pues, en que la sierra, como virgen que es, tiene a su vez hambre de Virgen y lo canta en ese acorde de notas que arranca la lira de las cumbres para que luego la nostalgia de la tierra feliz se remanse también en las ciudades.