Menú Temático







Sitios Recomendados



    Está en : Inicio :: Bioética :: El Bien Moral, su naturaleza y obligatoriedad :: El bien como debe ser

El bien como deber ser

El bien, según acabamos de ver, es objeto de nuestro afán constante.   No nacemos como poseedores del bien, sino como buscadores constantes de él.   Nuestra existencia es un paso de la capacidad a la realización, de la potencia a la actualidad, de la perfectibilidad a la perfección.   Nuestra vaciedad pide ser llenada, y todo aquello que satisface nuestro apetito es llamado bien.   En esta forma, el bien se presenta a nosotros como un fin.

Pero, ¿en cuánto fin el bien es atractivo y nos invita a perseguirlo?   Exige ser, merece ser, debería ser realizado y debería existir.   Pero el mero reconocimiento de que una cosa debería ser no implica, por sí mismo, que sea yo quien deba hacerla ser.   Decimos que una obra de arte debería ser, en el sentido de que se trata de una concepción noble, digna de producción, y que sería vergüenza no llevarla a la luz, aunque ningún artista esté estrictamente obligado, en particular, a crearla.   Decimos a un individuo que debería invertir su dinero en está empresa, que ésta deberá procurarle un mejor beneficio, que cualquiera que pueda esperar de alguna otra inversión, sin embargo, nadie considera este deber ser como una obligación estricta.

Aquí vemos, pues, dos sentidos diferentes del deber ser, que el bien implica siempre.   Todo bien, excepto el bien moral, es optativo, en tanto que el bien moral es necesario.   No hay manera de substraerse a las exigencias de la moral, al imperativo de vivir una vida buena y de ser, así, una buena persona.

Este carácter obligatorio del bien moral es lo que se impone a aquellos que ven la ética principalmente en términos de deber.   No es tanto la belleza del bien lo que los invita sino la voz severa del deber que los llama.   A menudo la elección está entre un bien moral y alguna otra clase de bien, y esta otra clase parece ser, en aquel momento, con mucho la más atractiva.   Si consideramos el bien únicamente como objeto de deseo, como fin a perseguir, el bien aparente podrá llamarnos acaso con sonrisas seductoras, en tanto que el bien verdadero señalará gravemente el camino más arduo.   Y es el caso que estamos obligados a seguir el bien verdadero y no el meramente aparente.

¿Cuál es la naturaleza de este deber ser moral que nos manda con semejante autoridad?   Es una especie de necesidad que es única e irreductible a ninguna otra.   No se trata de una necesidad lógica o metafísica basada en la imposibilidad de pensar contradicciones o de conferirles existencia.   No se trata de una necesidad física, de un deber que nos empuje desde fuera destruyendo nuestra libertad.   Ni se trata tampoco de una necesidad biológica o psicológica, de una imposibilidad interna, incorporada a nuestra naturaleza y destructora asimismo de nuestra libertad, de actuar en otra forma.   Es, antes bien una necesidad moral, la del deber ser, que nos guía hacia aquello que reconocemos constituir el uso apropiado de nuestra libertad.   Es una libertad que es una necesidad y una necesidad que es una libertad.

La necesidad moral me afecta a mí, el sujeto actuante, pero proviene del objeto, en cambio, la clase de acto que yo, el sujeto, realizo.   En su ser real, el acto es algo contingente que puede ser o no ser; pero, en su ser ideal, en cuanto es presentado a mi razón y mi voluntad para deliberación y elección, asume una necesidad práctica que requiere decisión.   La exigencia es absoluta.   El mal uso de mis capacidades artísticas, económicas, científicas y otras particulares, es penalizado con el fracaso, no con la culpa, porque yo no tenía obligación alguna de realizar dichos esfuerzos y, por consiguiente, no tenía obligación alguna de llevarlos a buen fin.   En cambio, no puedo dejar de ser hombre y de haber de triunfar absolutamente como tal.   Si fracaso en ello, es culpa mía, porque el fracaso ha sido escogido deliberadamente.   No resulto ser malo en determinado aspecto, sino que soy un hombre malo.   Todo lo que hago expresa en alguna forma mi personalidad, pero el uso de mi libertad es el ejercicio real de mi personalidad única en cuanto constitutiva de mi ser más íntimo.

Tomemos el caso de un individuo al que se ofrece una gran cantidad por el acto de asesinar a su mejor amigo.   Reduzcamos los peligros y subrayemos las ventajas lo más que podamos.   Hagamos que el acto sea absolutamente seguro.   Sin embargo, no debería hacerse. ¿Por qué no?  

Eliminemos la sanción legal.   Supongamos que el individuo está seguro no sólo de que no será detenido, sino que encuentra también alguna escapatoria en virtud de la cual ni siquiera vulnera ley civil existente alguna, de modo que no podrá ser perseguido por delito alguno.   Y sin embargo, se ve a sí mismo como asesino y no puede aprobar su acto.


Eliminemos la sanción social.   Puesto que nadie lo sabrá, no ha de tener la desaprobación de nadie.   Sin embargo, merece la desaprobación, aun si no la sufre. ¡Cuan distinto es esto cuando las sanciones sociales son inmerecidas!   No nos acusamos a nosotros, si somos inocentes, sino que acusamos a la sociedad que nos condena injustamente.


Eliminemos la sanción psicológica.   Los sentimientos de depresión, disgusto y vergüenza, la incapacidad de comer o dormir a causa de las punzadas de remordimiento o culpa, todo esto podrá molestarle a él, pero los demás serán inmunes a semejantes sentimientos, e inclusive en él podrán provenir acaso de otras causas.   El elemento moral subsiste, con todo.   Si en alguna forma los sentimientos de culpa pudieran eliminarse, de modo que ya no percibiera trastorno psicológico alguno por causa de su acto, aun así juzgaría el individuo su acto, con toda sinceridad, como malo, y sabría que es culpable, a pesar de la ausencia de dichos sentimientos.


Eliminemos la sanción religiosa.   Si Dios no fuera a castigarlo y si estuviéramos seguros de que no iba a hacerlo, aun es esta hipótesis absurda no debería el acto llevarse a cabo.   El autor celebrará acaso escapar a dicha sanción, pero seguirá sabiendo que no merecía escapar.   El acto es de tal naturaleza, que Dios debería condenarlo, y nos decepcionaría si no lo hiciera.   Empezaríamos a poner en entredicho la justicia de Dios, de modo que Dios mismo ya no seguiría representando lo ideal.   Esta es tal vez la indicación más clara del carácter absoluto del orden moral.


Lo que subsiste es la sanción moral.   Es intrínseca al acto mismo, idéntica con la elección deliberada de la voluntad, con la relación entre el autor y su acto.

Al despreciar el bien moral me desprecie mí mismo.   Según que acepte o rechace el bien moral, subo o bajo en mi propio valor como hombre.   El bien moral proporciona la escala con la que necesariamente me mido a mí mismo, con la que me juzgo inevitablemente a mí mismo.   Este juicio no es meramente una opinión subjetiva, sino una apreciación objetiva de mi verdadero valor en el orden de las cosas.   Este ascenso o descenso no es algo optativo; no me está permitido caer.   No es una cuestión de si estoy o no interesado en mi propia mejora; no me está permitido no ser.   No se trata de una necesidad disyuntiva: haz esto o acepta las consecuencias.   Es simplemente: haz esto.   No me esta permitido exponerme a mí mismo a las consecuencias de no hacerlo.   De hecho, cualesquiera que sean las consecuencias, han de juzgarse ellas mismas por este criterio moral, y las consecuencias últimas han de contener su propio valor moral.

Algunos autores prefieren expresar este aspecto del deber ser mediante los términos de correcto y erróneo en lugar de bien y mal.   Es cierto que el primer par tiene un saber más obligatorio que el segundo, pero es imposible lograr que la gente se sirva de semejantes términos sencillos de modo consecuente especialmente si se los toma como no definibles.   Podemos utilizarlos como sinónimos y fiarnos en el contexto para su aclaración.

Según que subrayemos el bien como fin o el bien como deber, tenemos dos variedades principales de ética, a saber: la ética teleológica la ética deontológica.   Una oposición desafortunada de estos dos puntos de vista ha inficionado el estudio entero, como si debiéramos optar ya sea por una ética de los fines y consecuencias o por una ética de la ley y la obligación o, en una palabra, por una ética de la felicidad o por una ética del deber.   ¿Es acá posible trascender semejante dicotomía y demostrar que estos aspectos no son opuestos sino complementarios?   ¿No debería acaso hacerse el bien por amor del bien, pura y simplemente porque es bueno, independientemente  de a cuáles consecuencias pueda conducir o de cuál sea la autoridad que lo imponga como deber?   Esto aparecerá acaso a partir de un tercer enfoque relativamente moderno del bien, esto es, el enfoque axiológico o de la consideración del bien como valor.

Todas las marcas y logotipos que aparecen en este sitio pertenecen a sus legítimos propietarios. El resto a Network-Press.Org:: 2003-2008