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CAPITULO XX

LA FRAGILIDAD DE LA VIDA EN CRISTO


Nota Preliminar


El concilio Vaticano II, al describir la índole escatológica de la Iglesia peregrinante, caracteriza la condición del cristiano en este mundo. Precisamente la tendencia hacia el aumento de la comunión con Cristo, que es esencial en esta condición, nos revela que dicha comunión no es todavía perfecta, ya que no solamente su aumento, sino incluso su perduración constituye el objeto de una continua lucha, en la que cabe la posibilidad de sucumbir y de perder la comunión con Cristo.


 Dios no abandona si antes no es abandonado; es el hombre el que puede fallas siempre en su fidelidad a Dios.


La fragilidad de la vida en Cristo significa precisamente esa posibilidad de perder nuestra inserción en Cristo, y la necesidad de la gracia para perseverar.

La Doctrina Bíblica

La vida en Cristo puede perderse


El Antiguo Testamento supone que el justo puede perder su justicia, su paz con Dios. En el Nuevo Testamento, la parábola de la vid supone la posibilidad de que el sarmiento se separe de la vid y seque.


La vida en Cristo se pierde únicamente por el pecado. Son varios los pecados que excluyen al hombre del reino de Dios. En la descripción del juicio final se indica como razón de la condenación la omisión de las obras de misericordia.


El Señor les enseña a los discípulos a que pidan cada día el perdón de los pecados; y sin embargo los discípulos de Cristo no tienen que considerarse cada día continuamente separados de Dios.


El tema de la lucha

Precisamente porque la unión con Cristo puede perderse con el pecado, se comprende por qué la Escritura describe la vida del hombre después de su justificación como una lucha, en la que el hombre no puede vencer sin la ayuda de Cristo.


Este tema de la lucha nos enseña que la vida del cristiano en la tierra continúa, incluso después de su inserción en Cristo, rodeada de peligros, por causa de diversos factores interiores y exteriores, peligros que pueden ser superados solamente con un esfuerzo comprometido.

La presencia de la ayuda divina

La necesidad de la oración no ha de entenderse como si al hombre que está ya incorporado a Cristo le faltase alguna cosa para entrar en el reino de Dios. La existencia cristiana no es una insuficiencia trágica delante de unas exigencias de Dios imposibles de cumplir.


El Espíritu santo habita en los fieles y los conduce en su vida filial orando en ellos –con gemidos inenarrables-.


La Enseñanza de la Iglesia

El único pecado que le priva al hombre de la justicia que se le ha imputado es el pecado contra la fe, esto es, la falta de confianza con la obra de Cristo; mientras dura la confianza, todo pecado es –venial-.


La Formula concordiae enseña que se pierde la fe en Cristo y la inhabitación del Espíritu Santo siempre que se peca –sabiéndolo y queriéndolo-.


Por qué pecados se pierde la vida de la gracia

Toda repulsa de la ley divina hacer perder la justicia cristiana. El que ama a Dios sobre todas las cosas, desea observar los mandamientos divinos. Por consiguiente, no es la materialidad de los actos la que priva al hombre de la vida divina, sino la oposición que tienen estos actos con la caridad.


Esto no quiere decir que el pecado mortal exista solamente cuando el motivo del acto sea la oposición a Dios; semejante pecado –satánico- es muy raro, y generalmente al hombre creyente le gustaría conservar su amistad con Dios, conciliándola con la búsqueda incondicionada de su propia satisfacción; hay pecado mortal cuando el hombre consciente y libremente acepta la separación de Dios, implícita en su comportamiento.


Pecados que no hacen perder la vida de gracia

El carácter imperfecto de la opción fundamental por Dios explica la posibilidad de que haya actos no conformes con la ley de Dios, pero que no llegan a destruir la justicia cristiana.


Lo mismo que el pecado puede hacer actos buenos, permaneciendo habitualmente como enemigo de Dios, también el justo puede realizar actos disconformes con su orientación fundamental hacia Dios, pero que no destruyen esa orientación.


El acto no es perfectamente deliberado y, por consiguiente, no puede llevar consigo el compromiso total de toda la persona. La materia del acto es tal, que no es capaz de provocar una opción fundamental diversa de la que ya se ha hecho, suponiendo que el hombre no escoja aquel acto precisamente por expresar una nueva orientación en la vida.

Como Somos Conscientes de la Vida en Cristo

Los reformadores afirmaban que el pecador obtiene la justificación solamente por medio de la –fe fiducial especial-, esto es, aplicándose a sí mismo las promesas evangélicas y reteniendo firmemente que dichas promesas se verifican en él.

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