CAPITULO XVI
LA ACCIÓN DE LA GRACIA EN LA JUSTIFICACIÓN
En la descripción bíblica de la acción con que Dios justifica al hombre, nos encontramos con dos afirmaciones principales: la primacía absoluta de la misericordia divina que, con su libre iniciativa, llega hasta el pecador indigno, y la eficacia de esta acción por la que el pecador queda realmente justificado.
Pablo no solamente nos enseña que Dios se anticipa de hecho a toda iniciativa humana en orden a la salvación, sino que muestra también la necesidad y el motivo de esta intervención divina. La bondad y el poder divino que toman la iniciativa para vivificar a los pecadores están descritos en Ef 2, 1-10:
a) Los hombres que no están en Cristo son hijos de la ira; esto es, se ven arrastrados por un impulso irresistible hacia la condenación.
b) Dios ama a los pecadores; los ama incluso cuando están muertos, antes de que sean amables, haciéndolos dignos de su amor. Dios no ha sido provocada por la actividad del pecador, sino que es anterior a la misma.
c) Es verdad que la justificación no se realiza sin las obras buenas; pero esas obras no producen la justificación (esta no proviene de las obras), sino que han sido incluso predispuestas de antemano por Dios, para que las practicásemos.
Donde Dios no actúa, o mejor dicho, donde la iniciativa divina es rechazada, el hombre esta bajo el príncipe de este mundo, esta muerto, camina en las tinieblas es mentiroso. Cristo es el único con su verdad lo libera de la esclavitud del pecado.
El Padre atrae, enseña, y da
Los judíos incrédulos principalmente por su resistencia, al menos en este momento no obtienen el efecto total de la atracción que lleva a cabo la conversión plena del corazón, sin la cual incluso la aceptación de una verdad aislada sigue siendo imposible.
El acto con que Dios justifica es llamado también gracia. Este término significa a la par tanto el origen divino de la justificación, como su efecto real en el hombre. Efectivamente, la palabra gracia indica a veces el favor y la benevolencia de Dios para con los hombres.
La justificación es concedida gratuitamente por gracia. La gracia es un don ya recibido y que por eso mismo permite al hombre gloriarse en la esperanza de la gloria futura.
La gracia indica especialmente que la acción justificante procede de la misericordia divina, el término santificar. Esta santificación no se obtiene con las fuerzas humanas, sino porque Dios llama eficazmente a los cristianos a la santidad. La santificación cristiana se tiene ya en el bautismo y es idéntica al don de la justificación.
Según Pelagio el hombre es capaz de salir del pecado sin la gracia, lo cual no esta correcto
Los discípulos de San Agustín enseñaban que para todo acto saludable, por muy fácil que fuese, es absolutamente necesaria la gracia; la ayuda requerida es un influjo del Espíritu Santo comparable con aquel por el que Cristo fue concebido de la Virgen; la gracia, necesaria para la fe, introduce a los hombres en la intimidad del Padre.
Según santo Tomas, el perdón de los pecados se identifica con la justificación. Para esta justificación es absolutamente necesaria una conversión psicológica, por la que el pecador comienza a amar a Dios sobre todas las cosas con el amor de caridad; incluso la justificación de un niño y la de un adulto que recibe un sacramento mientras esta privado del uso de razón, solamente llega a su perfección cuando aquel que ha recibido la gracia pone el acto de caridad.
El Concilio Vaticano II supone la necesidad de la gracia interna para la conversión y que el hombre justificado ha quedado transformado internamente; además es el primer concilio que afirma claramente no solo la voluntad salifica universal, sino también que todos los adultos son llamados personalmente para que consigan la salvación.
La Escritura insiste mas bien en la diferencia que hay en la distribución de la gracia y en la libertad de Dios para dar a unos mas o menos gracias que a otros.
En el Nuevo Testamento Cristo no es solamente el redentor, sino también el juez de todos los hombres, que le dará a cada uno el premio o el castigo según sus obras.
Cada uno de los hombres, anteriormente a todo acto personal, en virtud de la encarnación redentora, no son únicamente objeto de la ira divina, sino que lo son también de la benevolencia de Dios, ya que Dios quiere sinceramente sacarlos a todos fuera de ese estado de pecado, ofreciéndoles los medios para la salvación.
Aparecerá además la necesidad de una transformación psicológica, por la que el hombre, consintiendo libremente en la invitación que Dios le dirige, pase del estado de pecado al estado de justicia filial y sucesivamente a la salvación escatológica.