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CAPITULO XV


RESTITUCIÓN DE LA SEMEJANZA CON DIOS

Nota Preliminar

El título de este capítulo hace eco al concilio Vaticano II, el cual, al iluminar el enigma del hombre con el misterio del Verbo encarnado, habla de Cristo de este modo. –El, que es imagen de Dios invisible, es también el hombre perfecto, que ha resucitado de la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado-.


El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos, recibe las primitas del Espíritu, las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor.


Por consiguiente, el hombre, que por medio de Cristo tiene acceso hasta el Padre, tiene que ser necesariamente distinto del hombre, -sin Dios- y –sin Cristo-.


Por lo que atañe al ser, significa que el hombre se hace partícipe de la naturaleza divina o, como dicen los Padres, queda –divinizado-; por lo que se refiere al tener, significa que el hombre posee las –primicas del Espíritu-, eso es, la gracia creada.


Fundamentos Bíblicos


La Biblia enseña:

1) Que el hombre inserto en Cristo ha cambiando intrínsecamente.
2) Que este cambio no se reduce solamente a los actos, sino que es una transformación radical y ontológica, que puede ser llamada una –nueva generación-
3) Que gracias a esta nueva generación el hombre adquiere una participación de la naturaleza divina y en cierto sentido queda –divinizado-.

Mutación intrínseca

 Describe el bautismo como un baño de renovación. Esta renovación es la consecuencia del favor de Dios, que derrama el Espíritu Santo y transforma de esta manera al hombre, dándole la posesión actual de la salvación mesiánica.

La regeneración

 En los libros más recientes del Antiguo Testamento, la renovación tiene un sentido escatológico y está unida a la idea de la resurrección. Dado el contexto bautismal que predomina en la primera carta de Pedro, es obvio que la realización del renacimiento está unida al bautismo.

La participación de la naturaleza divina

 Al recordar los dones maravillosos que Dios ha concedido a los cristianos, afirma que todos ellos tienden a hacerlos –partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. La naturaleza, es el conjunto de atributos que una cosa posee en virtud de su propio origen y que no son el resultado de su actividad.


La Deificación

En la Doctrina de los Padres

Los Padres apostólicos hablan con frecuencia de la renovación radical que va implícita en la condición cristiana. Esta transformación es considerada como la raíz de una vida nueva. Desde el siglo II aparece explícitamente la idea de regeneración, que se obtiene mediante el bautismo. Con frecuencia esta idea está unida a la de filiación: los justos reciben a Dios como Padre, y por eso son regenerados. Los hombres serán restaurados según la imagen de Dios, recibiendo el sello del Espíritu Santo.

La Gracia Creada

En la Doctrina de los Escolásticos


Los Padres concebían la restauración de la semejanza con Dios en el hombre inserto en Cristo, según la categoría platónica de –participación-. Más bien que en la añadidura de alguna nueva entidad se pensaba en la renovación o en la purificación de la imagen de Dios, deformada por culpa del pecado.


Dentro de este esquema, la restauración de la semejanza divina tenía que ser interpretada, como la readquisición de una forma accidental anteriormente poseída.

La concepción de la gracia creada encuentra su fundamento en la Biblia:

1) El hombre en Cristo, según el Nuevo Testamento, queda transformado interior y permanentemente para que pueda producir actos, de los que anteriormente era absolutamente incapaz.
2) A esta misma conclusión se puede llegar también por otro camino. Según el Nuevo Testamento, el hombre en Cristo tiene una nueva vida, y por eso se distingue del hombre separado de Cristo, del hombre –animal- ó –psíquico-.

La Enseñanza del Concilio de Trento

La doctrina de Lucero


El concilio de Trento ha expuesto la doctrina católica sobre la gracia creada, en oposición al luteranismo. La opinión de Lucero a propósito de la justificación podría resumirse en los siguientes puntos:

1) La justificación es una mera no-imputación de los pecados, por la cual los pecados quedan cubiertos por la justicia de Cristo.
2) El hombre se hace justo solamente por una nueva relación con Dios, que ya no condena al pecador, sino que lo acepta como justo en Jesucristo.
3) El pecado permanece, en cuanto que es voluntad mala, cesa, en cuanto que es título de condenación y motivo de terror.
4) La enmienda sujetiva de la vida es más bien consecuencia que condición de la justificación y es promovida por el don del Espíritu, cuyas primicias son concedidas al hombre en Cristo.
5) La total renovación del hombre, según la imagen de Dios se alcanzará solamente en la etapa escatológica; por eso, según Lucero, si alguno pone su confianza en un don creado, ya no espera la salvación de Cristo.


La Gracia Increada y la Gracia Creada en la Divinización


No cabe duda de que la –gracia increada- influye en la divinización del hombre, ya que Dios que mora en el alma causa eficientemente la gracia creada.


La Escritura y los Padres atribuyen nuestra divinización no solamente a una realidad creada: de la gracia creada hablan sólo de una manera indirecta, subrayando por el contrario en la explicación de la divinización la importancia del Espíritu Santo, que no solamente obra el las almas, sino que se une a ellas.


  El Hijo de Dios marchó por los caminos de la verdadera encarnación para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre.


La gracia creada y la gracia increada se le comunican al hombre en el mismo instante; sin embargo, existe entre las dos una causalidad recíproca. Para hablar con categorías escolásticas, diremos que la gracia increada es anterior en el orden de la causalidad final y de la causalidad causi-formal, mientras que la gracia creada es anterior en el orden de la causalidad causi-material y dispositiva.

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