Menú Temático







Sitios Recomendados



    Está en : Inicio :: Antropología Teológica :: Capítulo X [El hombre dividido en si mismo]

CAPITULO X

EL HOMBRE “DIVIDIDO EN SI MISMO”

El concilio Vaticano II califica como –división del hombre- (GS 10,13): en el hombre hay tendencias espontáneas e imposibles de suprimir. Según una división tradicional, podemos considerar tres aspectos de este conflicto del –corazón- humano: el tema de la muerte, inevitable pero siempre aborrecida; el tema de la inclinación al mal (la concupiscencia), inclinación espontánea a ciertos comportamientos que el hombre juzga como malos; y el tema de la inevitabilidad del pecado, que mancha la existencia humana con un sentimiento de culpabilidad.

La Muerte

LA muerte, término de la vida terrena y comienzo de una nueva fase en la existencia personal. Etapa inevitable del proceso biológico de la vida, provoca un horror instintivo por parte del hombre, que la siente como algo contrario a su ser. La odiosidad de la muerte encuentre su expresión en los diversos modos con que es personalizada.

El mensaje cristiano no insiste en el terror de la muerte, a no ser en cuanto que el Padre por Cristo les ofrece a los que creen en él la victoria sobre este terror. La muerte como final de la existencia terrena, es un hecho percibido experimentalmente y por eso mismo vivido con una notable carga afectiva, mientras que la muerte, como comienzo de una nueva vida.

La Inclinación al Mal

El Antiguo Testamento, en la narración del diluvio, observa por dos veces que el corazón de los hombres está inclinado continuamente al mal desde la niñez (Gén 6,5; 8,21) El hombre encuentra dificultad para caminar en simplicidad delante de Dios (Gén 6,9): de una manera espontánea e insistiva se ve inclinado a buscar la satisfacción inmediata, individual, terrena y temporal, independientemente de toda norma superior; aborrece incondicionadamente la muerte, el dolor y cualquier limitación de su bienestar.

Le resulta difícil al hombre someter a Dios sus más profundas intenciones, esto es, la motivación de sus maneras de actuar, de tal forma que Dios, sea siempre el último motivo de sus acciones.

El Nuevo Testamento conoce el impulso espontáneo suscitado por el Espíritu Santo en el corazón de los fieles hacia el bien, pero habla también de los impulsos espontáneos hacia el mal que existen en el hombre, en cuanto carnal y animal, esto es, en cuanto que no está animado por el Espíritu.

La tensión dramática entre el impulso al bien y al mal pone al hombre en una situación desgraciada, de la que es librado solamente por Cristo (Rom 7).

Desarrollo Ulterior

La reflexión teológica ha intentado explicar el desorden, existente en el hombre, dentro de pensamientos, positivo el primero y negativo el segundo. El primero considera la concupiscencia como una fuerza extraña a la verdadera naturaleza del hombre, introducida desde fuera. Recibió notable influencia del helenismo, creyó haber encontrado la explicación en el antagonismo existente entre el cuerpo y el alma. El espíritu como racionalidad, sería éticamente perfecto; pero ese espíritu, encerrado en un cuerpo, padece tendencias irracionales, llamadas –pasiones-. La concupiscencia sería, por tanto, un conjunto de inclinaciones espontáneas e irracionales, que tiende  hacia los valores sensitivos, especialmente a lo deleitable, y que no están sometidas a la razón.

Los filósofos precristianos, explicaban la falta de armonía de las tendencias humanas de esta manera, concebían  el origen de las tendencias malas como una consecuencia de la encarnación del espíritu en la materia.

Explicaciones con un dualismo han estado siempre presentes, comenzando por Clemente de Alejandría y Tertuliano, que parece haber pensado que las pasiones fueron introducidas por el diablo en el hombre, a causa del pecado.

La dificultad común contra todas estas explicaciones consiste en que todas ellas admiten una tendencia positiva hacia el mal, que difícilmente puede explicarse metafísicamente.

El segundo modelo –negativo- de pensamiento, concibe la concupiscencia, no ya como una fuerza inserta en el hombre, sino más bien como la supresión o debilitamiento de una fuerza.

El mal no es la existencia de una tendencia, sino la deficiencia de una fuerza que debería ponerse en el otro platillo de la balanza para salvar de esta manera el orden armónico de la estructura dinámica del hombre.

Anselmo de Aosta, distingue dos tendencias fundamentales, la inclinación hacia la propia ventaja y la inclinación hacia lo justo, o bien como diríamos hoy, hacia el valore relativo y hacia el valor absoluto; el pecado habría quitado la inclinación hacia el valor absoluto, y el hombre se habría convertido en esclavo del amor propio.

La teología escolástica describe la concupiscencia  como la insubordinación de las tendencias sensitivas contra el dominio de la razón. La consecuencia de la debilidad de la razón y de la voluntad libre, que no consigue someter las fuerzas inferiores, sino que se ven absorbidas por ellas, ésta teoría se inclina al modelo negativo, las fuerzas negativas deben ser controladas por la razón.

La concupiscencia inicia al hombre hacia el pecado y es precios luchar contra ella. Además, la concupiscencia no está unida a la naturaleza del hombre de tal forma que sea contradictorio un hombre sin concupiscencia. En términos concretos, la concupiscencia no está unida al pecado hasta el punto que no pueda existir en los justos: abstractamente hablando, el creador bueno habría podido crear a unos hombres inocentes con concupiscencia.

La Inevitabilidad del Pecado

EL concilio Vaticano II, añade: El hombre se nota incapaz de dominar con impaciencia por si solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas (GS 13).

Fuentes bíblicas

Según el Antiguo Testamento, la humanidad, desde sus primeras generaciones, se vio arrastrada por el pecado. Los justos van siendo cada vez más escasos y Dios, para prepararse un pueblo fiel, tiene que arrancar a Abraham de su parentela y de la casa de su padre (Gén 12,1; cf Jdt 5,6-9).


Por medio de Cristo, Dios ha dado a los hombres
la posibilidad de vencer el pecado que mora en ellos.

La crisis pelagiana

La controversia pelagiana duró poco tiempo (410-430), tuvo importancia especial para la formación de la antropología cristiana. El pelagianismo es la expresión de una actitud siempre presente en la vida intelectual de la humanidad, considérese autosuficiente en la construcción de su propia historia. El pelagianismo no fue solamente un episodio cualquiera en la historia de los dogmas, sino una ocasión para que la Iglesia formulase conceptualmente uno de los aspectos más importantes de su antropología: el hombre nace en un estado en el que, sin el influjo redentor, es absolutamente incapaz no solamente de salvarse, sino incluso de realizar una existencia verdaderamente humana. Esta doctrina ha sido considerada por la Iglesia medieval y tridentina como una adquisición definitiva del desarrollo dogmático.

La reflexión esencial de la antropología cristiana tiene en la actualidad una notable importancia ecuménica.

La primera condenación de Pelagio tuvo lugar en Cartago, en el año 411. Entre los errores condenados está la debilidad del hombre en relación al pecado: -Antes de la venida del Señor, hubo hombres impecables, es decir, sin pecado- San Agustín no intervino en esta condenación; pero en sus cartas había ya tocado el problema de la necesidad de la gracia para evitar el pecado.

El hombre no puede evitar el pecado, sin la gracia, sin una especial ayuda interna de Dios dada por Cristo, con la que el hombre pueda superar la concupiscencia. San Agustín llega a esta convicción especialmente basándose en las frecuentes exhortaciones de la Escritura a orar para no ser vencidos por la tentación.

En el De spiritu et littera, escrito en el mismo año, Agustín indicó cuál era el núcleo esencial de la controversia con los pelagianos. No se trata de que hayan existido hombres sin pecado, sino de si el hombre puede evitar el pecado sin la ayuda interna de Cristo. Los pelagianos admitían la necesidad de la gracia, pero entendía por –gracia- el libre albedrío y la ley dada por Dios. Pablo, enseña que la ley mata, pues da mayor responsabilidad del pecador; solamente el espíritu de Cristo sana los corazones y da fuerzas para superar la concupiscencia, haciendo lo que a Dios le gusta.

La gracia, entendida como una ayuda interna, concedida por Dios gracias a los méritos de Jesucristo, es absolutamente necesaria para vencer la corrupción de la naturaleza humana y evitar el pecado.

La gracia se nos ha dado no solamente en el bautismo, para borrar los pecados precedentes, sino que tiene que ser pedida todos los días: -necessest enim ut quo auxiliante vincimus, eo iterum non adyuvante vincamur-

En el contexto de la controversia entre san Agustín y Pelagio puede comprenderse fácilmente cuáles son las afirmaciones esenciales que el concilio considera como pertenecientes a la fe católica:


a)La gracia de Dios, por la que el hombre es justificado por nuestro Señor Jesucristo, vale no solamente para la remisión de los pecados ya cometidos, sino también como ayuda para no cometer otros en el porvenir.

b)La gracia ayuda a no pecar, no solamente por iluminar al entendimiento, sino también por darnos la fuerza y el amor para practicar lo que hemos conocido que teníamos que hacer.

c)Finalmente, la gracia nos da no solamente la facilidad, sino también la posibilidad misma de observar los mandamientos.

d)La ayuda interna de Cristo es necesaria para evitar el pecado, venciendo la concupiscencia.

Todas las marcas y logotipos que aparecen en este sitio pertenecen a sus legítimos propietarios. El resto a Network-Press.Org:: 2003-2008