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CAPITULO V


La historicidad del hombre


Nota preliminar

La teología clásica contemplaba el tema del hombre creado a imagen de Dios dentro del contexto de la espiritualidad del alma: el hombre participa efectivamente de la específica semejanza con Dios precisamente por su vida intelectual.

La Escritura habla del hombre no de una manera estática, describiendo lo que es el hombre, sino más bien de una manera dinámica, refriéndonos a su devenir y desarrollo; por eso, la revelación de la imagen de Dios en el hombre está al comienzo del libro del Génesis, donde se narra la historia primordial del pueblo de la alianza.

La historicidad es una dimensión de la existencia humana de la que ha sido consciente la teología desde el principio, aun cuando no la haya convertido en objeto de reflexión explícita.

Los teólogos se preocupaban más de las esencias de las realidades, naturales y sobrenaturales, que de su existencia concreta y de su devenir.

Orientaciones Historiológicas

El hombre no empieza a obrar si no recibe un impulso, si no siente un desafío; entonces reacciona, en sentido positivo o negativo, ante una situación determinada, por factores externos (el clima, los cataclismos, la presión de los enemigos, el deseo de lucro o de progreso).

Hemos de advertir que la serie de tales acontecimientos se convierte en historia en sentido propio cuando generalmente puede describirse en la narración histórica y ser comprendida como devenir, es decir, como una unidad que explica genéticamente el presente.

Por eso, los hechos puramente internos o puramente individuales no pertenecen a la historia en su interioridad y singularidad.

La historia es una serie de acontecimientos humanos, individuales o colectivos, pertenecientes al pasado, a través de los cuales la persona o colectividad, estimulada por hechos externos e internos, se modifica, se desarrolla, se trasforma o se destruye, a sí misma, en cuanto tal serie puede ser conocida, descrita y explicada por el espíritu humano.

La Historia de la Palabra de Dios


La historia, horizonte de la revelación

La historicidad es uno de los atributos de la noción cristiana del hombre. En efecto, el hombre es una criatura, por consiguiente un ente potencial, que vive en medio de cierta indeterminación al no poseer necesariamente toda su perfección desde el principio.

Forma parte del mundo material, y, por tanto, está sometido al tiempo. Además, como el hombre es un ser social, no solamente construye su propio porvenir, sino también el de la colectividad en donde vive.

Reflexión Teológica

Sobre la Historia de la Salvación


Noción de historia de la salvación

La Escritura enseña que la humanidad tiene una historia: lo cierto es que en el mensaje bíblico se encuentran los diversos elementos de la definición de la historia. No obstante, la revelación nos habla de una historia determinada, añadiendo a la definición nuevos elementos que la concretan.

Además, el agente de esta historia no es exclusivamente, ni principalmente el hombre, sino sobre todo Dios, el cual no sólo condiciona la historia o la provoca, desafiando al hombre con sus premios y castigos, sino que obra la misma respuesta humana, y se convierte de esta manera en verdadero protagonista de la historia.

La historia de la salvación podría definirse como la serie de acontecimientos temporales, conocidos a la luz de  la fe, por los que Dios invita a la humanidad a la salvación, por los que la humanidad responde a esta vocación divina, y que van preparando por su mutua conexión, la salvación escatológica.

La historicidad de la salvación general, empieza en un sentido amplio con  la misma creación, que es precisamente la primera manifestación de la voluntad salvífica divina, con la que Dios empezó a preparar el escenario, e incluso la materia, en la que Cristo cabeza habría de encarnarse.

La imagen de Dios, que resplandece de manera diversa en cada uno de los hombres y en la humanidad, se ve sujeta a la historia, es descir, se va construyendo progresivamente en el tiempo.

En la historia de la salvación individual, el niño apenas nacido es ya en cierto sentido imagen de Dios, pero se convierte en imagen en otro sentido cuando es bautizado, y más todavía cuando, al llegar a su vida moral, acepta con su opción personal vivir como discípulo de Cristo.

La imagen de Dios en las diversas fases de la existencia y de la historia, le impone al cristiano y a la Iglesia la necesidad de vigilar y de escudriñar los signos de los tiempos.

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